Por Melanie Morel
Cuando eres joven, tienes tiempo para jugar, pero no el dinero para comprar los videojuegos que deseas. Y cuando creces, finalmente tienes el dinero… pero ya no el tiempo.
Sin embargo, en la actualidad surge una pregunta todavía más frustrante: ¿qué ocurre cuando los juegos salen rotos? ¿Las consolas y componentes aumentan de precio cada año? ¿y además los propios videojuegos parecen no respetar el tiempo del usuario?
La actualidad del Gamer
Si, al igual que yo, dedicas parte de tu tiempo de ocio a jugar desde pequeño —ya sea en consola o en PC—, probablemente estés al tanto de algunas problemáticas de la industria. El nivel de información, claro, depende de cuánto te interese este mundo: desde el jugador casual hasta el “crónicamente en línea” que sigue cada anuncio, polémica o debate en redes sociales y portales especializados.
En pleno 2026, es imposible entrar a cualquier medio dedicado al gaming sin encontrarse con dos grandes problemas que atraviesan a la industria de distintas maneras: el tiempo y el dinero. Con un valor estimado de 200 mil millones de dólares, la industria de los videojuegos mueve más dinero que el cine, las series y la música… juntas. Lo que antes era visto como algo “de frikis” hoy es una de las formas de entretenimiento más grandes del mundo, con más de 3.200 millones de jugadores. Pero mientras el gaming crece cada vez más como negocio, también crecen las discusiones sobre cuánto dinero cuesta jugar y cuánto tiempo nos exige hacerlo.
Ya sea si las nuevas generaciones no compran consolas, si un juego debe valer o no 80 dólares, cuando los juegos se lanzan mal optimizados o que a pesar de tener años repletos de lanzamientos seguimos eligiendo juegos hasta de 20 años atrás. El día hoy vengo a poner sobre la mesa estas temáticas con la intención de plantear la manera en que estas cuestiones nos afectan como consumidores.
Juegos que salen rotos
Por desgracia esto no es sólo cada vez más frecuente, sino que implica que ser el primero en obtener un juego te brindará una peor experiencia que el que lo compra meses después. Y la lista de juegos en PC con mal rendimiento es enorme. Yo ya cada vez que sale un nuevo juego triple A en computadora estoy a la espera. A la espera del mensaje de disculpas de la compañía.
Sale The Last of Us en PC. Naughty Dog pide perdón. Cities Skylines 2 Paradox pide perdón. Jedi Survivor Electronic Arts pide perdón. Wukong Game Science pide perdón. Outer Worlds Space Choice Edition Obsidian pide perdón. Elden Ring From Software pide perdón. Wolong Team Ninja pide perdón. Dragons Dogma 2 Capcom pide perdón.
¿Podés por favor, dejar de pedir perdón y sacar juegos bien hechos desde un principio al menos una vez? No quiero que salgan con el diario del lunes a pedir perdón. Quiero que saquen el juego y digan: “¡tomen!” Y si, al final lo terminan parcheando. A veces en una semana, a veces en tres meses, a veces en un ciclo lunar.
Ahora, cuando sale un juego nuevo, lo primero que preguntas es ¿está cheto? No, no. Preguntas: ¿Cómo va de rendimiento?¿Está optimizado? Y todo esto está muy bien. Pero yo sé que muchos (los menos vicios que estén leyendo esto) ¿qué es optimización? Porque aquí lo decimos como si supiéramos de lo que hablamos.
Lo más cercano que hemos estado de optimizar algo ha sido cuando hemos cerrado Chrome para que el juego vaya mejor. Si me da bajones de FPS es mala optimización. Si un juego me pide una 3060 para jugar en gráficos en medio Inzoi cabrón, es mala optimización. También puede parecer que optimizar un juego es un poco como hacer un cara de papa, ¿No? Que vas cambiando piezas en ajustes gráficos hasta que más o menos te queda una cosa que parece medianamente jugable.
Por eso muchos estudios abandonan el proceso antes de tiempo, porque llega un punto donde cada mejora implica un coste altísimo y un beneficio casi imperceptible. Y piensen que un videojuego no es una obra de arte atemporal, no. Es un producto. Una mezcla de riesgos y costes de hojas de Excel y deadlines. Y aún así, incluso haciendo todo bien, optimizar es un proceso realmente sin final. Siempre habrá algo que se pueda mejorar, pero hay que saber también cuándo parar. Cuando la obsesión porque rinda mejor empieza a restar más de lo que suma pues hacer un juego bien optimizado es caro y lento.
Todo aumenta
La economía mundial se tambalea como un borracho a las 5 de la mañana con ganas de un pancho. Hay incertidumbre sobre posibles guerras a nivel mundial. La generación z y alfa pues nada, otra crisis. ¿Qué me voy a tomar? No hay nada, todo el agua está reservada para la IA.
Pero no pasa nada, porque aún nos queda nuestro bastión, nuestro refugio emocional. Ese rincón donde todavía podemos ser felices con unos caramelos y un joystick pegajoso. Los jueguitos. Si algo he aprendido es que la vida adulta consiste básicamente en asumir que todo lo que alguna vez te hizo feliz ahora cuesta más de lo que puedes permitirte gastar sin sentir culpa por ello. Antes era simple: tenías ganas de jugar, te comprabas un juego y ya está. Ahora necesitas un Excel, un análisis de inflación y una semanita de reflexión financiera.
También llegamos al punto donde las consolas aumentan de precio incluso a mitad de generación —y más de una vez—, ya sea por parte de Sony, Nintendo o Microsoft. Los juegos cuestan 80 dólares y una RAM parece valer más que el oro porque la IA necesita toda la memoria posible para seguir alimentando las granjas de contenido brainrot.
¿Quién lo diría? Que los videojuegos en 2026 terminarían convirtiéndose en un lujo. Antes siempre existía una opción relativamente barata para jugar de una forma u otra. Hoy eso prácticamente desapareció. Si eres alguien nuevo que quiere entrar a la industria actual, ya no existe una puerta de entrada económica: todas las opciones son caras. El gaming dejó de ser solamente ocio accesible y pasó a sentirse como un consumo premium.
Y quizás lo más extraño es que ya no se anuncia solamente un juego, sino también un discurso, una proyección de valor y una imagen de empresa. Lo importante muchas veces no es el videojuego en sí, sino la expectativa y la fe especulativa que genera alrededor. Entonces pensé: tal vez el problema nunca fue solo el precio. Tal vez el precio era apenas la excusa. Quizás el verdadero problema sea cuánto estamos dispuestos a tolerar para seguir sintiendo que todavía podemos jugar.
Tiempo para jugar
Hoy pareciera que un videojuego tiene que justificar su existencia por la cantidad de horas que puede robarte. Si no dura más de 10 horas automáticamente aparece la pregunta: “¿Cómo voy a pagar 80 dólares por esto?”. Entonces entramos en una lógica rarísima donde el valor de una obra ya no se mide tanto por lo que te hace sentir, sino por cuánto tarda en terminarse.
Y sí, obviamente existe esa sensación de “buena inversión” cuando un juego te da 40, 80 o hasta 200 horas de contenido. Juegos gigantes como The Witcher 3: Wild Hunt, Diablo IV o Assassin’s Creed Odyssey hacen que sintamos que cada dólar fue rentabilizado. El problema aparece cuando la industria empieza a confundir duración con calidad.
Porque muchas veces esos juegos no duran más porque la historia lo necesite o porque sus mecánicas sean lo suficientemente profundas para sostenerlo, sino porque necesitan justificar su precio. Entonces aparecen mapas enormes llenos de tareas repetitivas, misiones secundarias recicladas y sistemas diseñados para alargar artificialmente la experiencia. Y ahí es donde los juegos dejan de respetar el tiempo del jugador.
No todo juego tiene que durar 100 horas para valer la pena. A veces una experiencia corta, cerrada y bien construida termina siendo muchísimo más memorable que un mundo abierto interminable que abandonas a la mitad por agotamiento. Pero en una industria obsesionada con el “más contenido = más valor”, pareciera que terminar un juego rápido ya casi se percibe como una estafa, cuando quizás el verdadero lujo hoy sea que un juego que entienda cuándo terminar.
