“Listos o no, ¡allá voy!”
Esa era la señal que minutos después nos tenía a todos los primos con los cachetes rojos y la respiración pesada. Pasábamos horas corriendo, trepando y saltando en el playón del edificio con mis primos. Nosotros intentamos incluir a Pedro, lo juro, pero el gordo no colaboraba. Nunca cumplía con ningún juego, hacía chistes que no le daban risa a nadie y paraba a la mitad de la carrera en busca de aire. No sabía si nos poníamos a jugar a la mancha o si solo corríamos para evitarlo. Pedro era realmente patético. Pero mamá nos obligaba a todos a juntarnos con él.
—Me da pena —nos decía.
—Jugá vos entonces —le contestaba Mateo, el más travieso de los primos y el que más detestaba a Pedro.
“Caminata lunar” era nuestro apodo para Pedro. Una tarde, los primos decidimos gastarle una broma, algo indefenso. Nos quedamos horas pensando ideas hasta que Mateo me dijo:
—Lu, ¿vos no te das cuenta cómo te mira la Caminata Lunar?
Sí, desde hace unos años empecé a ser consciente de la mirada de los hombres.
—No —le contesté.
—Dale, Lu, es perfecto. Lo llevás acá atrás del edificio, te hacés la que lo vas a encarar y nosotros le tiramos un balde de agua encima. Con eso el gordo no jode más.
Acepté, ¿qué es lo peor que podía pasar?
Era de noche. Me pasé la tarde entera haciéndome la linda con Pedro. En la escondida, agarré su sudorosa mano y lo llevé atrás del edificio.
—Shh —le dije—, acá no nos van a encontrar.
Me incliné para besarlo, sin saber mucho qué hacer. Pedro me corresponde el gesto, el atisbo de una sonrisa en sus labios. Cuando nuestros labios se tocan, es una danza coordinada y es mejor de lo que pensaba. Lo estoy disfrutando, él también. Estoy atrapada en una nube de placer con sus manos en mi cuello hasta que el agua nos baña a los dos.
Miramos hacia arriba: los primos asomando desde una ventana con un balde vacío, Mateo riendo demasiado alto.
—Dale, gordo —le dice a Pedro—, ¿posta te pensabas que mi prima te iba a dar bola?
Pedro me mira. Todavía me tiene agarrada del pelo así que presiona fuerte mis raíces. Veo en sus ojos el momento en que su corazón se rompe y se que él puede ver en los míos que nunca me perdonaré esto.
Imagen: «Silencios del Campo» de Lara Isabel González Arias.
Texto producido en el LITIN.
