Caramelo de limón, de Mauro Sequeira

Después de mirar el cajón, con los dedos largos apoyados en su pecho Mariano caminó cuatro pasos, agarró el bolso de tela, sacó los fósforos, los sahumerios y las velas. Hizo una reverencia amortiguada de siete segundos y acomodó algunas sillas de fierro y cuerina en la esquina. Cuando pasó por el lado izquierdo le desanudó los dedos. Se frenó a la altura de la cabeza, alisó la mortaja y puso su mano derecha en la frente. La mano izquierda la alzó dibujando un ángulo agudo con dirección hacia la corona que trajo el Sindicato. Así habrá estado, fácil, tres o cuatro minutos. 

Abrió los ojos, nos miró a todos con pausa y no dijo nada. No fue a prender la vela, ni tampoco el sahumerio, sacó del cierre de la billetera una foto carnet, le dió un beso y volvió a cerrar los ojos. Esta vez cuando los abrió, estiró las manos hasta el cable atrás del Cristo y le apagó la luz. 

Su hermana se le acercó y lo abrazó. Mariano dejó los brazos caídos, las manos las metió para adentro simulando dos muñones tensos. Fuerte le preguntó ¿Quién fue? ¿Quién fue? Ella tomó dos pasos de distancia y en un desahogo le dijo tranquilo, tranquilo, no pasa nada. Él agrandó la parte rosa de la mandíbula ¿Sos sorda? ¿Quién le fue a dar de comer a Microbio? La hermana se mordió el padrastro del pulgar izquierdo, el del índice derecho, no le respondió nada. 

Mariano arrastró los pies y se detuvo en la otra punta del cajón dándonos la espalda. Empezó a negar con la cabeza. El aire de los huesos hacía un ruido medular. Abrió las piernas pasando el ancho de las caderas, parecía que tenía ganas de salir a correr, pero no, con las dos manos juntas tiró el cuello para atrás. Inspiró el aire que pudo y cuando exhaló curvó la columna hacia el ombligo. 

Esta rutina la mantuvo durante diez minutos. 

Cuando sintió que el foco se diluía, abrió los ojos y juntó las piernas. Ubicó las palmas en señal de rezo y de nuevo la reverencia amortiguada. Algunos suspiraron, otros apoyaron la espalda contra la pared, otros se fueron al baño o a la calle, otros ni siquiera entraron. 

Yo seguí acobachado en el límite de las dos habitaciones, cerca de la puerta corrediza, entre el bidón de agua y la maceta de flores artificiales. A través del ojo izquierdo tenía la escena del cajón, las sillas y la corona. No llegaba a ver el cuerpo, apenas veía la cara. Con el derecho tenía los sillones, la mesa de vidrio, la zona de los baños y la salida. Mariano giró la cabeza, se acercó lento, primero me agarró las manos y una vez que las tenía en su poder me usó de apoyo. Cruzó la pierna derecha y después la izquierda y se sentó en el piso. Quería encontrar mi latido. Esto ya lo había hecho antes, cuando vivía en Villa Elisa, replicó el mismo movimiento. Quiero sentir tu latido me dijo aquella vez y empezó mover en círculos el torso, cada vez más fuerte hasta que me apretó las manos y no paró de gritar y de invocar el poder de las serpientes. Esta vez no llamó a ningún reptil, solo me miró como sabía que me iba a mirar, para deslizarme un se tenía que morir mi viejo para que nos viéramos al final. Yo asentí con la cabeza como un muñeco, lo hizo de nuevo, y le dije que la corte, que no sea boludo, que acá estaba. Ya sé que estás acá, siempre vas a estar acá, replicó, y volvió a tomar impulso. Me invitó a levantarme de la silla con las manos, me agarró la cadera, me sacudió y abrió los brazos. Sentí su pecho ahogado, sentí el olor a lana húmeda y a tierra. Lo apreté también, me dejé usar, en el fondo los dos sabíamos, gracias a él, no hice la colimba.

Su hermana desde la altura de los baños me miró y en ese intercambio entendimos. Esto recién empieza. 

Después de abrazarme caminó los cuatro pasos hasta el altar, prendió las velas, prendió los sahumerios y arrimó la foto carnet. Se quedó arrodillado un tiempo. Cuando se incorporó, alguien desde el fondo dijo gracias, otro más adelante también, Mariano giró la cabeza, buscó el lugar desde dónde venían las palabras, ubicó a las personas, se le formó una mueca, la gente seguía diciendo gracias hasta que armó un coro, alzó las manos y se puso a dirigirlo en puntitas de pie. El tono se elevó cada vez más hasta que él cerró los puños y la gente no dijo más nada. 

Mariano tensó los ojos, nos ubicó uno por uno de nuevo, no dijo gracias, ni le tocó la frente, ni se arrodilló, empezó a reírse desde ese fondo turbio. 

En el pecho le creció un espasmo, no sé si se reía o lloraba, o sí lloraba y se reía. Parecía un pájaro con rabia. La hermana lo quiso atender rápido, con las manos agitadas se le acercó, Mariano la empujó y le gritó ¿Quién le fue a dar de comer a Microbio?

Yo miré con gusto, me di cuenta, y sentí un chispazo, un goce que no quise entender. Tiré la cabeza para atrás, me reí, agarré la campera, no saludé a nadie y de camino manoteé un caramelo de limón. Por favor, cómo odio a la gente rara. 

Imagen: «Campoo perro» de Lara Isabel González Arias.

Texto producido en el LITIN.

Publicaciones relacionadas

Comienza escribiendo tu búsqueda y pulsa enter para buscar. Presiona ESC para cancelar.

Volver arriba