Por Miriam Opaso
A menos de un mes de que comience una nueva Copa del mundo, repasamos la historia de nuestro país en la máxima cita deportiva. Historia, cultura y fútbol unidos por la gran pasión argentina.
Desde los pibes que juegan en los potreros hasta la mesa familiar o los mates hablando de tu equipo favorito, el fútbol nos atraviesa y forma parte de quienes somos. Desde el primer Mundial, en 1930, donde nuestra selección fue subcampeona, hasta el último, en 2022, donde alcanzamos nuevamente la gloria, la pelota conecta nuestra historia como un hilo que acompaña la tristeza, el dolor y la esperanza.
En 1930 se inauguraron los mundiales y Argentina comenzó su historia mundialista perdiendo la final con Uruguay. Mientras la pelota empezaba a unir multitudes, nuestro país atravesaba una profunda crisis política y económica. Así, el fútbol y la historia argentina caminaron juntos entre la ilusión popular y la inestabilidad social.
En el siguiente Mundial, Argentina fue eliminada rápidamente: llegó desordenada y debilitada, casi como un reflejo de la cotidianidad nacional. Luego de varios años de ausencia, vivimos la primera gran herida al ego argentino en 1958, cuando Checoslovaquia nos derrotó 6 a 1 en el conocido “Desastre de Suecia”. Pero, si hacemos un cambio de frente, en el Mundial de 1966 nació también nuestra rebeldía: no solo porque Antonio Rattin fue expulsado injustamente, sino porque fuimos despreciados por la prensa inglesa.
Después de mantenernos en el anonimato en 1970, con México como anfitrión, vivimos una de las mayores frustraciones del fútbol argentino: no clasificamos al Mundial. En ese contexto llegó César Luis Menotti, quien no solo transformó la manera de jugar, priorizando el juego ofensivo, sino que también marcó una idea cultural sobre cómo representar a nuestro país ante el mundo, generando un antes y un después en la historia de la Selección Argentina.
Años más tarde, en 1978, como anfitriones y atravesando uno de los momentos más oscuros de nuestra historia, la dictadura de Jorge Rafael Videla utilizó el torneo para mostrar una imagen ajena a la realidad. Mientras las Madres de Plaza de Mayo gritaban pidiendo ayuda ante los medios internacionales, la Selección se consagraba campeona del mundo por primera vez. Una mezcla de horror y alegría invadió nuestras calles. El fútbol fue un refugio emocional, pero también una herramienta propagandística: la pelota funcionó, al mismo tiempo, como máscara y como escape.
En el siguiente Mundial fuimos eliminados en la segunda fase, dejando una sensación de vacío. Sin embargo, en 1986, de la mano de Diego Armando Maradona, con “La Mano de Dios” y el “Gol del Siglo”, Argentina recuperó su esplendor. Fueron dos goles que resumieron la picardía, la pasión y el talento argentino. A solo cuatro años de la Guerra de Malvinas, aquella victoria fue vivida como una revancha emocional. Cuando levantamos la copa, no solo ganamos un Mundial: encontramos una reparación simbólica para una sociedad profundamente herida.
Luego de aquella coronación volvimos a ser subcampeones en 1990 y, cuatro años más tarde, el país quedó conmocionado con la sanción a Diego Maradona y su célebre frase: “Me cortaron las piernas”. Ese momento marcó un entretiempo en la ilusión de un país que debió esperar hasta la llegada de Lionel Messi, el rosarino en quien los argentinos volvieron a depositar sus esperanzas. Pasaron 24 años hasta que la celeste y blanca logró disputar nuevamente una final del mundo, aunque terminó otra vez como subcampeona. Pero la historia todavía tenía una página más por escribir: en 2022, un país entero eligió creer que podía volver a alcanzar la gloria. Finalmente levantamos la copa como símbolo de resiliencia y heroísmo. Millones de argentinos volvieron a abrazarse y, como tantas veces, el fútbol se convirtió en un refugio emocional, dejándonos una sensación de justicia poética.
Desde Uruguay hasta Qatar, Argentina atravesó los mundiales como atravesó su propia historia: entre sueños y heridas, entre gritos de ayuda y bocinazos de felicidad. Por eso, para los argentinos, el fútbol nunca es solamente fútbol: es parte de nuestra identidad, el trazo que une nuestra historia.
