Entre Sabina y Gramsci, una canción contra la indiferencia

Por Germán Urdangaray

Hay algo inquietante en la imagen de un león atado a una noria. Tiene fuerza, tiene garras, podría correr, pero gira una y otra vez sobre el mismo lugar. Joaquín Sabina elige esa imagen en “Sin pena ni gloria” para retratar nuestras contradicciones: las ganas de escapar, el miedo que nos frena, los abismos de los que intentamos salir y esa obstinación de seguir adelante aun cuando las cosas no salen como esperábamos.

Pero hay una pregunta que queda dando vueltas después de escuchar la canción: ¿qué sucede cuando dejamos de intentar salir de la noria? ¿Cuándo el cansancio se convierte en resignación y empezamos a aceptar como inevitable aquello que alguna vez nos indignó?

Antonio Gramsci escribió “Odio a los indiferentes” para cuestionar a quienes creen que pueden mantenerse al margen de la historia, como si no intervenir los librara de toda responsabilidad. Mientras unos deciden el rumbo de las cosas, otros aceptan que alguien más lo haga por ellos. La historia no se detiene ante quienes prefieren observar desde afuera: avanza con las decisiones de algunos y las omisiones de muchos.

Entre Sabina y Gramsci hay un diálogo posible. Uno nos muestra a alguien que lucha con sus propias contradicciones y se resiste a dar por perdido el combate. El otro nos recuerda que no todas las batallas son individuales y que desentendernos de lo que ocurre a nuestro alrededor también tiene consecuencias. Juntos nos dejan una pregunta incómoda: ¿cuántas veces confundimos la imposibilidad de cambiarlo todo con la excusa para no cambiar nada?

Esa omisión de la que hablaba Gramsci cobra cuerpo hoy en nuestras propias calles: vivimos rodeados de motivos para indignarnos. Familias que no llegan a fin de mes, las niñeces que necesitan de la solidaridad de otros para comer, trabajadores que ven cómo su esfuerzo pierde valor y vecinos que deben organizarse para resolver necesidades que no pueden esperar. Frente a esas realidades, la resignación suele presentarse como una forma de realismo: las cosas siempre fueron así, nada va a cambiar, bastante tenemos con nuestros propios problemas.

Y así aprendemos a convivir con lo intolerable.

A veces nos duele lo que vemos, nos conmueve una historia, nos enoja una injusticia. Pero después seguimos adelante. La noticia pasa, aparece otra preocupación y la indignación queda atrás, convertida en un comentario o una conversación que no modifica nada. No necesariamente porque seamos incapaces de sentir empatía, sino porque terminamos convencidos de que sentir es suficiente.

No lo es.

Cuando renunciamos a intervenir, las decisiones no dejan de tomarse ni las injusticias desaparecen. Simplemente dejamos el espacio libre para que otros decidan. El problema empieza cuando hacemos de nuestra impotencia una verdad definitiva y dejamos de distinguir entre no poder resolverlo todo y no poder hacer absolutamente nada.

Pero tampoco alcanza con señalar a los demás desde una supuesta superioridad moral. Todos conocemos el cansancio, las frustraciones y esa sensación de girar sobre el mismo lugar sin encontrar una salida. El león de Sabina no está atado porque carezca de fuerza, sino porque hay algo que le impide avanzar. A veces ese algo es el miedo; otras, el desgaste o la certeza, construida a fuerza de decepciones, de que ningún esfuerzo vale la pena.

Sin embargo, mientras discutimos si el mundo tiene arreglo, hay personas que hacen lo que pueden para que la vida de otros sea un poco menos difícil. Están quienes sostienen un comedor, preparan una olla, organizan una colecta o comparten lo que consiguieron. Quienes acompañan a un vecino, ponen el cuerpo frente a una necesidad o dedican parte de su tiempo a resolver un problema que no les pertenece exclusivamente a ellos.

No suelen aparecer en los grandes relatos. No tienen garantizado el reconocimiento ni saben si sus esfuerzos alcanzarán. Muchas veces también llegan cansados a sus casas, tienen cuentas que pagar y dificultades que resolver. Sin embargo, hacen algo. No porque puedan cambiarlo todo, sino porque no aceptan que la única respuesta posible sea mirar hacia otro lado.

En esos gestos hay una forma de resistencia que merece ser reconocida. No una resistencia romántica, desprovista de dificultades, sino una práctica cotidiana que enfrenta la resignación con acciones concretas. Allí donde parece que cada uno debe arreglárselas solo, alguien construye una respuesta colectiva.

Quizás ahí también se encuentre una de las claves de Sin pena ni gloria. No hace falta alcanzar la gloria para que una vida tenga sentido. No todos vamos a protagonizar grandes acontecimientos, dejar nuestro nombre en la historia o conseguir que el mundo recuerde lo que hicimos. Hay vidas anónimas que dejan huellas profundas en otras personas, aunque nadie escriba una biografía sobre ellas.

La cuestión no es cuánta fama alcanzamos ni cuántas victorias podemos exhibir. Es qué hacemos con el tiempo que nos toca vivir y con las posibilidades que tenemos. Si usamos nuestras limitaciones como punto de partida para hacer lo que está a nuestro alcance o como una justificación para desentendernos de aquello que nos incomoda.

Sabina nos enfrenta con nuestras contradicciones; Gramsci, con nuestra responsabilidad. Uno nos recuerda que podemos sentirnos atrapados y, aun así, conservar las ganas de salir del abismo. El otro nos advierte que la historia también se construye con nuestros silencios. Ninguno nos garantiza una victoria, pero ambos permiten cuestionar esa comodidad de creer que nada depende de nosotros.

No se trata de vivir en una batalla permanente ni de convertir cada gesto en una hazaña. Se trata de no renunciar de antemano. De comprender que entre cambiar el mundo y aceptar que nada puede cambiar existe un espacio enorme, hecho de decisiones, compromisos y acciones compartidas.

Morir sin pena ni gloria no es necesariamente lo peor que puede pasarnos. Podemos vivir sin reconocimiento, sin grandes conquistas y sin dejar nuestro nombre escrito en ninguna parte. Lo verdaderamente triste sería haber pasado por este mundo creyendo que la vida de los demás nunca fue asunto nuestro.

La historia seguirá su curso cuando ya no estemos. La pregunta es qué hacemos mientras formamos parte de ella. Si nos limitamos a contemplarla, esperando que alguien resuelva aquello que nos duele, o si encontramos alguna manera de intervenir, aunque sea pequeña, aunque no tengamos garantías, aunque el resultado no sea el que soñamos.

Porque quizás no podamos evitar todas las derrotas. Pero todavía podemos decidir qué hacemos frente a ellas.

Y, a veces, no dar por perdido el combate empieza simplemente por negarnos a mirar hacia otro lado.

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