La computadora no prendía. El gorro de la campera le molestaba en la espalda porque no había donde colgarla y la encimó en el respaldo de la silla.
―Vuela ―escuchó.
No había nadie, solo estaba con su pensamiento; pero lo escuchó en su oído.
Agachó la cabeza debajo del escritorio. Tomó los cables y había uno desconectado. Mandó un mensaje, se recostó sobre la silla y su vista miró al techo blanco que estaba a casi tres metros de altura, abundaban las telas de araña. Esperó a que le den una directiva pero se levantó y caminó alrededor de los demás escritorios. Lucia presentó su renuncia porque consiguió una “propuesta mejor”, pero recordó que un día ella le había contestado mal al jefe y ahí empezaron los problemas.
El cielo estaba nublado, se veían nubes bajas pasar rápido. Pensaba que hacía dos horas que llegó y todavía no le respondían su mensaje. Estaba en el piso 16. Caminaba para no cansarse de quedarse en la silla tanto tiempo mirando por los ventanales que rodeaban la oficina, se visualizaba toda la ciudad.
―Vuela ―escuchó otra vez.
Mirar hacia todos lados era inútil ya que recorrió todo el lugar y lo único que separaba los otros pisos era un ascensor y una escalera de emergencia que permanecía cerrada por uno código que se activaba en emergencias. No quiso preocuparse y siguió caminando. Le sonó el celular: “andá al antiguo escritorio de Cristian, te activamos el programa en esa computadora”.
Cristian era un buen muchacho. Tenía esa sonrisa que enamoraba a todas las mujeres, era carismático y divertido. Pero era muy ordenado y organizado, siempre cumplía con todo y ayudaba a los demás a terminar. Cuando Lucía se fue entró a trabajar un joven que se jactaba que era sobrino del encargado del edificio entero, y justo su lugar estaba al lado de Cristian.
Agarró el mouse y la computadora ya estaba encendida. Se sentó en la silla dejando caer su cuerpo y de su boca salió un gran bostezo que no le dejó abrir los ojos.
―Vuela ―miró la foto de Cristian, que parecía que se olvidó cuando se llevó sus cosas o la dejó para que los compañeros no se olvidaran que siempre ganó quien tuvo palanca, no dedicación. Esa vez escuchó la voz en un tono más agudo.
Ya no quiso estar en la silla y fue a la ventana, al lado estaba un pizarrón “mejor empleado semanal por ser mejor compañero y dedicado: Cristian Sbaraglini”. El pecho le empezó a apretar, le faltaba el aire. En una semana dos personas esforzadas presentaron la renuncia. Se secó con el dedo índice el párpado inferior del ojo derecho y mientras, con la otra mano abrió una ventana. Miró hacia la calle; se acercó tanto tanto que se dio la frente contra el vidrio de la ventana de al lado.
―Vuela ―no tardó mucho tiempo en darse cuenta que la voz pasó a ser muy grave y rodeaba todo el lugar.
Entre la ventana y su cuerpo se encontraba un escritorio, se subió a este, se arrodilló y moviendo las piernas para poder sacarlas por la ventana logró sentarse en el borde. La ventana era alta y se abría para afuera.
Todo se veía chico desde esa altura. Suspiró. Sus piernas colgaban y se movían por el viento.
Imagen: «Una mano» de Lara Isabel González Arias.
Texto producido en el LITIN.
