Por Lautaro Agustín Diaz
Desde que la inteligencia artificial llegó a nuestras vidas, cada vez hay más aspectos de la vida cotidiana que se ven interpelados por ella. Todo empezó, al menos para muchos de nosotros, con ChatGPT. Después llegó Gemini, y detrás de ellos prácticamente todas las grandes empresas tecnológicas empezaron a correr para desarrollar su propio modelo de lenguaje.
Para la comunicación los riesgos son evidentes: los modelos no siempre dan respuestas precisas, pueden inventar información y hasta presentar datos falsos con una seguridad envidiable. Pero hay un campo en particular donde existe un problema ético, moral y legal que todavía parece estar siendo convenientemente invisibilizado: la inteligencia artificial generativa aplicada al arte y, particularmente, a la música.
El principal problema de estas herramientas es que utilizan obras de artistas reales para entrenar sus modelos. Canciones, imágenes, textos y HASTA VOCES pueden terminar formando parte del gigantesco corpus de datos con el que estos sistemas aprenden a generar contenido. Y muchas veces quienes crearon esas obras no fueron consultados.
“Pero tus canciones están online y cualquiera puede descargarlas de manera pirata. ¿De eso no te quejás?”
No, porque una cosa es que alguien quiera escuchar una canción aunque no pueda (o no quiera) pagar una suscripción, y otra completamente distinta es utilizar una obra existente para entrenar un algoritmo cuyo objetivo final es generar un producto comercial. Una cosa es consumir arte. Otra es utilizar el trabajo de un artista como materia prima para desarrollar una herramienta con la que una empresa después puede lucrar.
Acá aparece una pregunta bastante incómoda: ¿por qué necesitamos inteligencia artificial para hacer música?
Desde la invención de la música hasta acá nunca hubo demasiados problemas para hacerla. Tuvimos instrumentos cada vez más sofisticados, tecnologías de grabación cada vez más accesibles y herramientas que permitieron que personas que antes no podían producir una canción pudieran hacerlo desde su propia casa. Pero ahora parece que necesitamos una máquina que directamente haga el trabajo por nosotros.
Porque esto no es lo mismo que el Auto-Tune, los instrumentos virtuales o cualquier otra herramienta tecnológica utilizada en la producción musical. Para utilizar un instrumento virtual hay que saber, aunque sea mínimamente, tocar un instrumento o conocer su lógica. Para cantar con Auto-Tune hay que afinar por más mínimo que sea. Incluso cuando una herramienta corrige, modifica o amplifica una capacidad humana, sigue existiendo una persona detrás tomando decisiones basadas en un criterio artístico.
Con la IA generativa, en cambio, podemos pedirle a una máquina que haga una canción “al estilo de” determinado artista o género y recibirla en segundos. Una canción sin haber tocado una sola nota, sin haber grabado una voz, sin haber escrito una letra y, en muchos casos, sin haber atravesado ningún proceso creativo más allá de escribir un prompt.
Y el problema no es el resultado: es que estamos empezando a considerar prescindible al proceso.
Vivimos en la era de las apuradas: todo tiene que ser rápido, eficiente y, de ser posible, comercializable. La productividad se convirtió en una especie de virtud moral y cualquier actividad que requiera demasiado tiempo parece necesitar una justificación.
El arte no tiene por qué ser eficiente. Crear una canción puede llevar cinco minutos o cinco años. Puede implicar escribir una letra horrible, grabarla, escucharla, odiarla, borrarla y empezar de nuevo. Puede significar aprender un instrumento durante años para finalmente poder tocar eso que estaba en tu cabeza. Puede ser frustrante, tedioso, emocionante y completamente inútil desde el punto de vista de la productividad, pero justamente por eso tiene valor, porque el arte no tiene que ser un trámite que completamos para obtener un resultado. El proceso también forma parte de la obra. Hay algo profundamente humano en intentar hacer algo, fallar, volver a intentarlo y finalmente conseguirlo. Esa satisfacción de alcanzar un objetivo después de haber atravesado todo el camino es difícil de reemplazar por un botón que dice “generar”.
“Bueno, entonces la música tiene que quedar solamente en manos de quienes saben tocar un instrumento o cantar. ¿No es una visión un poco elitista? ¿No estabas de acuerdo con democratizar el arte?”
Sí, el problema es que esto no necesariamente es democratizar el arte. Democratizar el arte significa que más personas puedan acceder a las herramientas, al conocimiento y a los espacios necesarios para crear. Significa que alguien que nunca tuvo la posibilidad de pagar una clase de guitarra pueda aprender desde Youtube. Que pibes como yo o como alguno de tus amigos pueda comprarse una plaquita de sonido barata para empezar a maquetear. Que una persona pueda experimentar con sonido, imagen o escritura sin necesitar una fortuna.
Pero decirle al mundo “no necesitás aprender, no necesitás practicar, no necesitás equivocarte: escribí lo que querés y yo lo hago por vos”, es otra cosa.
Y lo más irónico es que, mientras nos venden estas herramientas como una forma de liberarnos de las barreras creativas, muchas de ellas se construyeron a partir del trabajo de personas que sí atravesaron todas esas barreras. Artistas que pasaron años aprendiendo, componiendo, grabando y publicando sus obras para que después esas mismas obras pudieran convertirse en datos para entrenar una máquina.
Pero la historia no termina ahí. En muchos servicios de generación musical, el hecho de que vos escribas un prompt y obtengas una canción tampoco significa automáticamente que seas dueño de todos los derechos sobre esa obra. Dependiendo de la plataforma, del plan que tengas y de las condiciones de uso, pueden existir restricciones sobre la propiedad y la explotación comercial del contenido generado. ¿Pero saben cúal es la solución? ¡Una membresía paga, nunca se me hubiera ocurrido! (y por si no lo notaste: estaba siendo sarcástico).
El tema no es que la tecnología avance, ni tampoco se trata de prohibir las herramientas digitales ni de pretender que volvamos a grabar discos con una grabadora de cinta. La tecnología siempre transformó la manera en la que hacemos arte, y muchas de esas transformaciones fueron extraordinariamente positivas. El problema aparece cuando empezamos a confundir tecnología con reemplazo, eficiencia con valor y velocidad con creatividad.
No todo tiene que estar al alcance de un click, y realmente considero que hacer arte también es una de las formas más lindas de perder el tiempo.
Tenemos que permitirnos resultados pobres o incluso asquerosos a nuestro criterio, porque es la única manera de avanzar e ir perfeccionando nuestras producciones artísticas. Escribir una canción horrible, grabar una guitarra que suena mal, dibujar durante tres horas para terminar tirándolo a la basura. Volver a empezar no tiene que sentirse como un castigo, sino como parte de la búsqueda y del aprendizaje.
Algunas cosas necesitan tiempo, práctica, espera y hasta frustración. Y está bien que sea así, hasta diría que es incluso lo natural. Tenemos que pelear contra la lógica actual de la respuesta inmediata y contra esa desesperación constante por producir, consumir y pasar a lo siguiente. Porque si todo tiene que ser instantáneo, en cualquier momento no nos va a quedar nada por disfrutar.
