El vómito le subió por la garganta; se sacó la sábana de encima, pero el pie izquierdo le quedó atrapado. Eran las nueve de la mañana, Juan se lavó los dientes y salió corriendo; llegó a 1 y 57 y se frenó de golpe. El silencio lo incomodó. A lo lejos, yendo para calle 115, vio una silueta oscura que se movía rápido y sin hacer ruido. Se deslizaba entre sombras con una velocidad inquietante, sólo podían distinguirse sus ojos amarillos. Lo llamaba, le hacía gestos, lo invitaba a acercarse.
Juan dio dos pasos largos y clavó los ojos en los de ese otro. Por algún motivo sintió que debía quedarse. Al acercarse un poco más, distinguió una sonrisa de dientes gastados que aparecía y desaparecía entre los árboles.
Sin intercambiar una palabra, se sostuvieron la mirada. Juan lanzó la primera piña y avanzó detrás del puño. Tenía la mandíbula apretada y un calor punzante le recorría la espalda. Sintió cómo los pectorales se tensaban bajo la camisa y cómo el corazón le golpeaba las costillas.
El otro apenas giró la cara, lo hizo con una lentitud irritante, el golpe no representaba ninguna amenaza para él. Después mostró los colmillos roídos por los años en una mueca torcida, casi alegre, como si disfrutara de la situación.
La burla encendió algo dentro de Juan, dio otro paso y levantó la pierna con fuerza, flasheando que el otro retrocedería, que por fin mostraría miedo. Su pie impactó, no contra carne ni hueso, fue como si pateara una pared de hierro.
Un chasquido seco le atravesó la pierna. El dolor explotó desde los dedos hasta la rodilla, Juan lanzó un grito y perdió el equilibrio. Cayó de costado sobre el asfalto, sujetándose el pie roto mientras una oleada de náusea le revolvía el estómago. Confundido, comenzó a alejarse arrastrándose, cada movimiento le dolía. Levantó la vista y vio que el otro seguía ahí, inmóvil, observándolo desde arriba con el ceño fruncido.
Intentó ponerse de pie, apoyó una rodilla y después la otra, pero algo no encajaba. Empujó con los brazos, esforzándose por levantar el torso, pero apenas consiguió separarse unos centímetros del suelo. Una presión lo obligó a bajar otra vez, respiró hondo y volvió a intentarlo. Nada, ahora la fuerza era mayor.
Sentía un peso aplastándole los hombros, la nuca y la espalda. Como si un hipopótamo se hubiera subido sobre él, sentía una fuerza extraña, como si un campo magnético lo atrajera hacia el asfalto.
Todavía podía mover los brazos, pero cada segundo le costaba más levantar la cabeza, el cuello le temblaba por el esfuerzo, la frente estaba apoyada en el adoquín. La presión siguió aumentando, las costillas se comprimieron. Respirar se volvió difícil, después doloroso. Finalmente imposible.
Juan abrió la boca buscando aire. Con la vista nublada y el pecho ardiéndole, juntó fuerzas y suplicó que lo dejara, el otro lo observó unos segundos más. Entonces, en un acto de bondad o de lástima, retiró aquella fuerza. La presión desapareció de golpe, Juan cayó hacia adelante jadeando, llenando los pulmones con bocanadas desesperadas de aire.
Se paró y se alejó sin mirar atrás. Empezó a recordar lo mal que se sentía desde hacía unos meses, o unos años; había perdido la dimensión del tiempo. Le costaba levantarse de la cama, le costaba sonreír. Encontrar una motivación era cada vez más difícil. Acostarse con la panza vacía se había vuelto algo normal.
A la noche, cuando volvía del trabajo, se compraba una o dos petacas de whisky Doble-V y se las iba tomando en el camino, mientras pateaba una caja o una piedra para pasar el trago amargo. Sin nada en el estómago, pero con la cabeza mambeada, se acostaba en la cama y miraba cómo la pintura del techo se iba descascarando encima suyo, hasta quedarse dormido.
Se levantaba temprano, con un sabor ácido en la boca y la garganta reseca. Vivía en automático, avanzando sin pensar demasiado, como si cada movimiento ya hubiera sido ensayado cientos de veces. Las calles, los horarios, el destino, todo formaba parte de una rutina que se repetía día tras día. Las jornadas se confundían entre sí hasta parecer una sola, larga e interminable. Nada alteraba el curso de las cosas.
Pero aquel día algo se quebró. Se detuvo en seco. Entre la multitud, alguien consiguió arrancarlo de esa inercia y atraer toda su atención. Esa criatura de ojos amarillos, de túnica negra y de mirada intranquila lo hipnotizó. Por unos instantes el tiempo se frenó y en esa calle, de adoquines gastados, algo sucedió.
Después de que el tipo ganó, a Juan le cayeron un par de fichas, salió corriendo a la oficina y dijo todas las cosas que no se había animado a decir, escupió toda la bronca que tenía acumulada y se quedó a escuchar las respuestas con la frente en alto.
Ese día volvió a su casa con una sonrisa, ¡hace cuánto que sus labios no se estiraban así! Tomó un camino distinto, se acostó más tarde, abrió una gaseosa, puso The Dark Side Of The Moon de Pink Floyd y sintió que su habitación no era tan sombría. Mientras sonaba el ruido de la caja registradora en “Money”, se durmió.
Ilustración: Vera Chejfec.
Texto producido en el LITIN.
