Del Mundial de 1958 al de 2026, el fútbol cambia en números pero no en emociones. Entre cábalas, recuerdos y pantallas, una historia muestra cómo la pasión une el tiempo y las edades.
De Suecia 1958 a Estados Unidos, México y Canadá 2026: de 16 a 48 selecciones, más sedes, más partidos. En 68 años cambiaron las cifras, pero no lo esencial: la emoción de ver rodar la pelota.
También hay otras distancias. Esos mismos 68 años separan a mi viejo de 14 del de 82. Cada cuatro años, el Mundial vuelve a juntar esas versiones en el mismo living. Él intenta prender su radio a bomba como cábala; yo enciendo la tele. Compartimos el partido, pero no la mirada.
Mientras la transmisión avanza, él ve su infancia: las canchas de tierra, los alambrados bajos, las tribunas con traje y galera. Yo, en cambio, lo miro a él: las manos arrugadas que se entrelazan como en una oración, el “shhh, por favor” cuando ataca Argentina, la tensión en el cuerpo como si todavía estuviera en la tribuna.
El gol estalla distinto. Cuando grita, no es solo un festejo: es la voz de muchos tiempos superpuestos. El pibe de 14 sigue intacto, el de 82 no envejece. Grita por los que están, pero también por los que ya no. Y en ese grito, el fútbol vuelve a hacer lo que mejor sabe: unir.
El cambio a 48 equipos no le molesta. Al contrario, lo celebra. Son más partidos, más excusas para sentarnos juntos, más tiempo compartido. Porque el Mundial, más allá del formato, sigue siendo ese ritual que cada cuatro años nos encuentra en el mismo lugar: abrazados, emocionados,escuchando el himno.
El fútbol evoluciona, pero hay algo que no cambia. En cada partido, en cada gol, en cada silencio antes del tiro libre, seguimos buscando lo mismo: volver a encontrarnos.
