No alcanza con derrotar a Milei: hay que salvar lo que amamos

Por German Urdangaray

En “Los últimos Jedi”, la película de la saga Star Wars, Finn se lanza en un ataque desesperado contra un arma de la Primera Orden. Está dispuesto a sacrificarse para detener al enemigo, hasta que Rose Tico lo rescata. En medio de los restos de sus naves, ella le explica por qué: “Así es como vamos a ganar. No destruyendo lo que odiamos, sino salvando lo que amamos”.

La frase separa dos maneras de entender una lucha. Una encuentra su razón de ser en la destrucción del adversario. La otra, sin desconocer la necesidad de enfrentarlo, sabe qué quiere defender.

Javier Milei construyó buena parte de su identidad política a partir de la delimitación de enemigos: la casta, el Estado, los sindicatos, el kirchnerismo, los periodistas, los movimientos sociales. Hay un culpable para cada frustración y una promesa que funciona como horizonte: destruir aquello que, según su relato, impide que el país salga adelante. En ese camino, se cuestionan herramientas públicas y se reivindica una concepción de la sociedad en la que la responsabilidad individual ocupa el centro, mientras la solidaridad y las obligaciones colectivas pierden terreno.

Frente a eso, la oposición tiene una pregunta pendiente. Y el peronismo, en particular, no puede seguir postergándola: ¿alcanza con denunciar el daño y esperar que el desencanto se convierta, casi naturalmente, en una nueva mayoría?

La respuesta es incómoda: no.

Una sociedad puede rechazar un gobierno sin encontrar una alternativa en la cual confiar. Puede padecer las consecuencias de un programa económico y, aun así, no querer volver al pasado. La política no es una ecuación en la que el fracaso de uno garantiza el éxito del otro. El antimileísmo puede ser un punto de encuentro, pero una mayoría que nace del rechazo necesita algo más que un enemigo común.

Necesita una idea de país.

El peronismo no puede vivir de su pasado

El peronismo tiene una historia de ampliación de derechos, movilidad social e incorporación de los sectores populares a la vida política. Pero esa historia no es un cheque en blanco. Las conquistas de otras generaciones no garantizan que las nuevas encuentren en el movimiento una respuesta a sus propias incertidumbres. La nostalgia no es un programa.

Si quiere volver a representar una esperanza mayoritaria, necesita revisar sus errores y comprender por qué una parte de la sociedad dejó de encontrar en él una respuesta convincente. No alcanza con atribuir ese distanciamiento a una operación mediática, al avance de las ideas individualistas o a los errores del adversario. También hace falta revisar las propias decisiones, las prácticas de la dirigencia y las demandas que no supo escuchar.

No alcanza con decir que el Estado debe estar presente: hay que demostrar que puede resolver problemas concretos. No alcanza con reivindicar el trabajo: hay que discutir cómo generar empleo de calidad y recuperar el poder adquisitivo. Y no alcanza con hablar en nombre de los barrios populares si no se escucha a quienes viven en ellos, incluso cuando sus demandas incomodan a las dirigencias.

Esta discusión no se resuelve solamente con una renovación de nombres, una nueva consigna o una estrategia electoral más eficaz. También exige revisar cómo se construye la política, dónde se escucha y de qué manera una necesidad cotidiana logra convertirse en una respuesta colectiva.

Lo que se aprende en los barrios

Defender la educación pública es sostener que el lugar donde nace una persona no debería determinar hasta dónde puede llegar. Defender la salud pública es afirmar que enfermarse no puede convertirse en una condena económica. Defender el trabajo es defender la posibilidad de construir autonomía y vivir con dignidad.

Pero esa defensa no se juega solamente en el Congreso, en los discursos partidarios o en las redes sociales. También se juega en los barrios, donde los problemas no llegan ordenados en un programa de gobierno: aparecen en una calle que se inunda, en una familia que no llega a fin de mes, en una institución que necesita respuestas o en una comunidad que reclama ser escuchada.

En ese territorio existen experiencias que la política partidaria suele mirar de costado. Muchas organizaciones civiles hacen algo que va más allá del voluntariado: trabajan junto con las comunidades, identifican problemas, articulan con referentes barriales y buscan canales institucionales para que los reclamos sean escuchados.

En esas prácticas hay una dimensión política que suele pasar inadvertida. No porque las organizaciones deban reemplazar a los partidos, sino porque muestran cómo una necesidad puede transformarse en una demanda colectiva y cómo los referentes barriales pueden fortalecer su capacidad de interlocución con las instituciones.

Lo interesante no es idealizar esas experiencias ni suponer que una organización puede resolver lo que corresponde al Estado. Es advertir que, cuando el trabajo territorial se construye junto con la comunidad, puede ayudar a que una necesidad deje de ser un problema individual y se convierta en una demanda compartida, con interlocutores, objetivos y posibilidades de incidencia.

Ahí hay una enseñanza política. El territorio no es solamente el lugar al que se llega para repartir recursos, organizar una actividad o buscar apoyo electoral. Es un espacio donde se produce conocimiento sobre los problemas reales, se construyen vínculos y aparecen capacidades que las instituciones muchas veces no reconocen.

Un reclamo que llega a una oficina pública no surge de la nada. Detrás puede haber vecinos que se reunieron, referentes que escucharon, voluntarios que acompañaron y personas que aprendieron a transformar una preocupación dispersa en una demanda concreta. Esa articulación no garantiza una solución, pero puede cambiar la manera en que un problema se presenta, se discute y se sostiene en el tiempo.

¿Y qué hace la política frente a esas experiencias? Muchas veces, las celebra cuando necesita mostrar compromiso social, pero no se detiene a comprender qué las hace posibles ni qué podría aprender de ellas. Otras veces, se acerca al barrio con respuestas ya preparadas, sin advertir que escuchar no consiste en confirmar lo que uno ya pensaba, sino en estar dispuesto a modificar el diagnóstico.

Tampoco hay que romantizar la organización comunitaria. Ninguna familia debería depender de la solidaridad ajena para comer, y el compromiso de los vecinos no puede convertirse en una excusa para que el Estado se retire de sus responsabilidades. La solidaridad no reemplaza los derechos; puede ayudar a hacerlos visibles y a reclamarlos.

La pregunta, entonces, no es si las organizaciones sociales deben reemplazar a los partidos o al Estado. Es qué pueden aprender estos de quienes trabajan cotidianamente con las comunidades: cómo escuchar sin subestimar, cómo acompañar sin apropiarse de los reclamos y cómo sostener una demanda más allá de una coyuntura electoral.

La representación no se hereda. Se construye mucho antes de una elección, cuando alguien demuestra que está dispuesto a escuchar un problema, trabajar junto con quienes lo padecen y buscar una respuesta, incluso cuando no hay una cámara que registre el esfuerzo.

Combatir y construir

Nada de esto significa abandonar la confrontación ni fingir que todos los proyectos son equivalentes. Hay decisiones que enfrentar, derechos que defender e intereses en conflicto. Pero combatir una política y construir una alternativa son tareas distintas, aunque inseparables.

Rose no le pide a Finn que deje de luchar. Le recuerda que la verdadera fuerza de la Resistencia no radica solamente en destruir al enemigo, sino en proteger aquello por lo que vale la pena vivir. Le impide confundir la lucha con el sacrificio inútil y le recuerda que la victoria pierde sentido si, en el intento de alcanzarla, se olvida aquello que le daba sentido a la batalla.

La política necesita recuperar esa distinción.

Una eventual derrota electoral de Milei no inaugurará automáticamente una nueva etapa. Quienes aspiren a gobernar después tendrán que demostrar para qué querían ganar. No bastará con prometer que todo será distinto ni con enumerar aquello que se proponen reparar. Tendrán que explicar qué país quieren construir, cómo piensan hacerlo y qué lugar ocuparán en ese proyecto quienes hoy sienten que la política dejó de ofrecerles respuestas.

Eso también implica reconocer que una alternativa no se construye exclusivamente desde las estructuras partidarias. Se construye con ideas, programas y decisiones de gobierno, pero también con la capacidad de reconocer el trabajo que ya existe en la sociedad, fortalecerlo y articularlo con instituciones capaces de garantizar derechos.

El desafío del peronismo no consiste solamente en recuperar una identidad ni en encontrar una consigna que reúna a quienes se oponen a Milei. Consiste en volver a demostrar que la política puede mejorar la vida cotidiana, ampliar las posibilidades de las personas y ofrecer un horizonte que no dependa de la derrota de otro.

En una galaxia muy, muy lejana, Rose Tico intentó explicarlo en medio de una guerra. En la Argentina, donde tantas veces confundimos la construcción de una mayoría con la suma de nuestros enojos, la pregunta sigue abierta.

No alcanza con derrotar aquello que odiamos. Hay que demostrar que todavía sabemos qué vale la pena salvar.

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