Por Juana Massa
¿Este mundo tan evolucionado tecnológicamente nos va quitando de a poco lo creativo o lo que consumimos simplemente se adapta a una lógica de mercado impuesta?
¿Por qué aunque ya nada sea novedoso estas producciones siguen siendo tan taquilleras?
Entrar a una sala de cine y encontrarse con una historia conocida parece haberse convertido en una experiencia cada vez más frecuente. Personajes que regresan, películas que se rehacen décadas después de su estreno y universos narrativos que se expanden forman parte de una lógica instalada en la industria cinematográfica. La pregunta, entonces, no es solamente por qué Hollywood insiste en volver sobre sus propios éxitos, sino qué dice esa repetición sobre la manera en que producimos, distribuimos y consumimos cultura.
La realidad es que los productores de Hollywood siempre supieron adaptar sus productos a las exigencias del modelo dominante, narrando una versión idealizada dirigida a las masas, con el objetivo de estandarizar sus aspiraciones, controlar sus sueños y crear una realidad en la que hasta la misma rebeldía que caracteriza al arte se mantenga dentro de una burbuja meticulosamente estandarizada, manipulada y afianzada para que nada escape al esquema pensado y establecido.
Hace un tiempo para una clase de la facultad (Introducción a los Estudios de la Comunicación) tuve que leer un texto que, a pesar de haber sido escrito en 1944, puede compararse con la realidad en la que estamos sin sonar para nada ajeno. Dentro de este, una frase que me hizo pensar mucho decía: “Los productos mecánicamente diferenciados se revelan como lo mismo”, es decir, aquellos productos que en la superficie pueden parecer distintos, pero en los que dicha diferenciación, en realidad, es totalmente intencional para simular una diversidad dentro de la industria. Por lo que, en el fondo conservan un esqueleto, una fórmula bastante similar o hasta idéntica a todo lo que ya hemos visto anteriormente. El texto “La Industria Cultural”, que es un fragmento del libro Dialéctica de la Ilustración escrito por Theodor Adorno y Max Horkheimer, analiza cómo el arte en sí está desapareciendo, reemplazado por productos estandarizados y fabricados en serie para homogeneizar a la cultura de masas, ofreciendo formas de entretenimiento que moldean indirectamente a la sociedad para que se reproduzcan en ella los valores que al sistema dominante le es funcional.
Una persona puede creer que elige libremente qué consumir, qué música escuchar o qué películas ver. Sin embargo, sus elecciones están condicionadas por una industria que concentra la producción y privilegia determinados contenidos. La coacción sobre el individuo no consiste en obligarlo a consumir directamente un producto, sino en estructurar el entorno cultural dentro del cual se elige con el objetivo de moldear a la sociedad bajo esa misma estructura que el sistema demanda. Esto me lleva a reflexionar y a coincidir con los autores en su planteo de que la dominación se vuelve más eficaz cuando las personas no la reconocen como tal y participan, sin advertirlo, en la reproducción del sistema que las condiciona.
Teniendo en cuenta todo esto, podemos reconocer la repetición de fórmulas y patrones en la industria del cine a la hora en que eligen invertir en un proyecto, es un claro ejemplo de la estandarización de la cultura y de cómo en lugar de priorizar la experimentación artística, el cuestionamiento de nuestra realidad a través de películas de gran alcance o la originalidad, el arte queda subordinado a las exigencias del mercado, a lo que a las productoras les garantice la recuperación del dinero invertido y más.
El problema no es la falta de mentes creativas. Ni siquiera el hecho de que Hollywood produzca películas comerciales que siguen siendo vistas por millones de personas como si no conociesen la historia. El problema nace cuando la rentabilidad se convierte en el criterio dominante para decidir qué historias merecen ser producidas y cuáles no, lo que como sociedad nos deja una cultura mucho menos diversa y cada vez más cuadrada.
