No hubo partido ni jugadores en la cancha. Solo miles de personas que transformaron las calles del centro de Dallas en una tribuna celeste y blanca. Antes del debut, el Mundial ya se jugaba en las voces de los hinchas.
No hacía falta un estadio. Tampoco un partido.
Bastó con que unas pocas personas empezaran a cantar para que, en cuestión de minutos, el centro de Dallas dejara de parecer una ciudad texana y se transformara en un rincón de Buenos Aires.
Eran las cuatro de la tarde en Argentina cuando las calles comenzaron a cubrirse de camisetas celestes y blancas. Llegaban familias enteras, grupos de amigos y viajeros que habían recorrido miles de kilómetros para acompañar a la Selección. Algunos bajaban de colectivos, otros llegaban caminando o en automóvil. Todos compartían el mismo destino.
No iban a ver fútbol. Iban a sentirse cerca de casa.
Las avenidas se convirtieron en una tribuna sin tablones. Cuando comenzaron a sonar los primeros versos de Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar, la canción recorrió varias cuadras y unió cientos de voces en un mismo coro.
Por un instante, no importó que Argentina todavía no hubiera jugado. El Mundial ya había empezado.
Las banderas flameaban desde balcones, escaleras y plazas. Entre la multitud convivían camisetas de distintos tiempos: la del Mundial de 1978, la de México 1986, la de Qatar 2022 y la nueva indumentaria de 2026. También aparecían escudos de clubes de todo el país, como si cada barrio argentino hubiera encontrado un lugar en medio de Texas.
Los abrazos surgían entre personas que nunca se habían visto. Nadie preguntaba nombres ni lugares de origen. Durante unas horas, todos parecían pertenecer a la misma historia.
El ruido de los bombos y los cantos terminó imponiéndose sobre el tránsito y sobre el inglés que habitualmente domina esas calles. Dallas seguía estando en Estados Unidos, pero por un rato hablaba en argentino.
Esa es una de las particularidades que tienen los Mundiales: no solo trasladan selecciones, también movilizan identidades. Miles de personas viajan detrás de una camiseta para reconstruir, aunque sea por unas horas, un pedazo del lugar del que vienen.
Cuando la multitud comenzó a dispersarse, la ciudad recuperó lentamente su ritmo habitual. Sin embargo, algo había cambiado.
Dallas volvió a ser Dallas. Pero quienes estuvieron allí saben que, por una tarde, fue Buenos Aires.
