La era de la performance

Por Roma Faliani

En una época en donde ni la muerte es sagrada, el algoritmo nos conduce a una era en donde la indignación, el liderazgo, el duelo y la melancolía solo son una story en Instagram.

No sé qué sucede, pero la prueba última de que estamos viviendo en la era más artificial de la humanidad en su historia es la sensación de que todo es una performance. De que tiene que ir sí o sí a las redes, o lo tenemos que portar constantemente como un cartel luminoso que dice que somos tal cosa y solo eso. Anteriormente hablamos del falso patriotismo de la sociedad argentina, pero en estos días he visto directamente el falso duelo, la indignación actuada y el “liderazgo” como espejismo. Fuimos testigos de la cultura del descarte en tiempo real, la banalización del discurso, la grieta cognitiva, la performance de tristeza, melancolía y las reflexiones más berretas sobre la muerte subidas en formato vertical para rascar vistas. 

Observamos misoginia disfrazada de debate, clasismo disfrazado de resistencia, la investidura presidencial totalmente desprestigiada (aunque eso sucede todos los días) y también que las luchas más prominentes del discurso están en programas de chimentos. Porque obvio, no es solamente sobre indignarse con Florencia Peña porque es una kirchnerista arrastrada y es una mujer en una posición de “poder” que se atrevió a cometer un error en la era donde, si no sos perfecta o perfecto, no servís, y tampoco es ese periodista de Crónica del cual no me acuerdo su nombre bardeando a Gaspi por…morir, sino que es una amalgama de síntomas de una misma enfermedad.

La enfermedad de la performance

Ahora todo es la estrategia de marketing, el reel para la interacción, los captions mal editados en CapCut, el video con slop de IA y el recorte de clip para el farmeo de interacciones. Ahora el indignómetro está en Narnia porque, mientras un vocero presidencial arma una narrativa de un pendrive con 500 de bitcoin, y de repente a la muchedumbre proclamada popular se le ocurre pelear con la única fuente de alegría del pueblo, olvidamos que hace semanas estábamos lamentando la muerte de una piba de 14 años que fue descuartizada como tantas otras, y estaban posteando historias de Instagram para ver qué tan progresistas eran. El cinismo en esta época es la resistencia, pero también lo es la expresividad sin filtro, y si este ensayo de expresividad tratara, la pluma pasaría a ser de color fuego, porque lo único que no es performativo en esta era es lo que está en lo más profundo de nuestra mente. Lo que podría llegar a sonar mal.

Sin embargo, esta pieza no es un grito ahogado o una bronca liberada en palabras, sino un pantallazo de todas las cosas que están mal y cómo incluso las personas que se dicen reales son tan artificiales como un prompt para Gemini. 

Lo limpio desagrada, lo estético es estilo sobre sustancia, y las subculturas son carnadas del poscapitalismo en una cultura estancada y regresiva, mercantilizadas sin fin. Después de todo, el país es una pava silbadora que nunca revienta, pero siempre hace ruido, quedando como música de fondo mientras todo se desmorona y ni los proclamados próceres pueden ayudar. Pero, hey, ¿cómo se le va a ocurrir a Florencia decir que el papá de Messi se va a morir? Eduardo Feinmann lo puede hacer, y hasta Nico Occhiato puede pretender que es un buen líder y no un lobo con piel de cordero que tiraría a todo el mundo abajo de las vías para no perder un sponsor y su imperio megalómano, pero Flor no, che, está mal que se meta con eso. Diego Recalde puede hablar a detalle y morbosamente de una menor en televisión en vivo, pero tomemos la decisión de indignarnos con lo que nos digan que nos tenemos que indignar, porque en esta realidad ni siquiera la muerte es sagrada y el algoritmo nos dice cómo actuar.

Y la palabra clave es esa: algoritmo. Todo se mide con el algoritmo, todo pasa por el algoritmo, y este artículo mismo es un resultado del algoritmo, porque el algoritmo dijo que esto tenía que aparecer en tu pantalla. ¿Es distópico decir que maneja inconscientemente a las personas y no las hace salir de sus zonas de confort? Puede ser que lo sea, porque puede ser que haya más similitudes entre el chabón que ve Paren La Mano y escucha a Los Redondos, o la chica que ve Luzu y escucha Miranda, de las que podríamos imaginar. Si usamos subculturas como ropa, si vertemos en nuestro cuerpo el jugo de alguna filosofía, pero lo escupimos una vez toca nuestras bocas, ¿queda algo de honestidad en el acto de ser humano, o la humanidad misma está condenada a ser starter packs hechos personas?

La vida es eso que pasa entre las propagandas de BetWarrior con un Maradona de IA, el cooling break de un Marruecos-Brasil, la remera de Messi que dice “Capitán de los Cipayos” de un local de ropa en Palermo que dice ser popular, el chabón que se proclama ricotero y tiene el termo Stanley con stickers del Indio, pero se atreve a decir que no todo es política, el twittero libertario teniendo libre el camino para repostear las fotos filtradas de Florencia Peña y el estudiante de periodismo que hace sus trabajos con ChatGPT. 

Pero también la vida es eso que pasa entre el tipo que tiene tres trabajos y se sube al Roca a las 8 de la noche para volver a casa, y a veces, ni siquiera es la vida la que pasa, sino la muerte, porque quizás se tire un tipo a las vías hoy, y haya demora. ¿Entonces, de qué nos vamos a disfrazar hoy? Si llega el momento de defender tus ideas y la consecuencia final es la muerte, ¿vas a ser vos quien muera o tu biografía en redes sociales?

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