Por Elías Almeyda Palma
Este domingo 24 de mayo, River Plate y Belgrano disputaron la final del Torneo Apertura 2026 en el estadio Mario Alberto Kempes de Córdoba, donde el Pirata cordobés levantó su primer título del fútbol argentino después de vencer 3 a 2 al Millonario. El desenlace del torneo entre ambos equipos quedó envuelto en una fuerte polémica por una combinación de decisiones reglamentarias y organizativas que terminaron inclinando el partido para el conjunto cordobés en términos del estadio “neutral” y el arbitraje.
Según confirmó la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), la sede fue definida previamente por la Liga Profesional de Fútbol (LPF) como parte de la política de federalización del fútbol argentino, utilizando el Kempes por su capacidad y experiencia en eventos masivos. Sin embargo, la clasificación de Belgrano a la final generó un escenario inesperado. El club terminó jugando prácticamente en su propio territorio.
Aunque formalmente la final mantuvo carácter neutral y la venta de entradas fue dividida en partes iguales mediante la plataforma Deportick, la cercanía geográfica favoreció ampliamente a Belgrano. Este tipo de situaciones suele reabrir el debate sobre qué significa realmente una “final neutral”. El conjunto cordobés contó con mayoría social en la provincia, afrontó la definición en un entorno completamente familiar y evitó los costos y el desgaste logístico que sí enfrentó River Plate al tener que movilizar miles de hinchas desde Buenos Aires.
La principal crítica apuntó a que el reglamento no contemplaba qué ocurriría si uno de los finalistas pertenecía justamente a la ciudad sede. Además, no existían cláusulas preventivas como el cambio automático de estadio, el sorteo especial de localía, la neutralidad logística o la redistribución extraordinaria del público. La ausencia de esos mecanismos hizo que la sede neutral terminara funcionando, en la práctica, como una localía de facto para Belgrano.
Para muchos analistas, el problema no fue únicamente reglamentario, sino también político y organizativo. Existían alternativas posibles, como trasladar la final a otra provincia, establecer un aforo más estricto o redefinir ciertos protocolos institucionales. Sin embargo, pese a los cuestionamientos sobre competitividad e imparcialidad, la organización decidió mantener la final en Córdoba por motivos de distancia y convocatoria masiva que llevaron a mudar la sede de la final de Santiago del Estero a Córdoba.
El debate se intensificó en redes sociales y medios deportivos porque el contexto contradice la lógica moderna de las finales únicas neutrales, pensadas para garantizar igualdad ambiental, neutralidad logística, equilibrio institucional y sensación de imparcialidad.
A lo largo de la historia del fútbol existieron múltiples finales concebidas como “neutrales” que terminaron favoreciendo, en los papeles y en la práctica, a uno de los equipos por jugar en su estadio, en su ciudad o incluso en su país.
Un ejemplo muy recordado ocurrió en la final de la Champions League de 2012, disputada en el Allianz Arena, estadio habitual del Bayern Munich. Aunque la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA) consideraba el encuentro como neutral, el conjunto alemán contó con ventajas evidentes como el conocimiento del campo, el apoyo mayoritario del público, la rutina habitual de local y una logística simplificada. Sin embargo, el Chelsea terminó consagrándose campeón por penales en Múnich.
No fue el único antecedente europeo. El Real Madrid disputó la final de la Copa de Europa de 1957 en el estadio Santiago Bernabéu y derrotó a la Fiorentina. Años después, el Inter de Milán jugó la final de 1965 en el estadio Giuseppe Meazza y venció al Benfica. Más tarde, la Roma alcanzó la final de 1984 en el estadio Olímpico de Roma, aunque perdió el título por penales frente al Liverpool.
En Sudamérica también hubo controversias similares desde que la Confederación Sudamericana de Fútbol (CONMEBOL) implementó el formato de final única en cancha neutral en 2019. El caso más discutido fue la final de la Copa Libertadores 2023 en el estadio Maracaná, donde el Fluminense terminó jugando prácticamente como local frente a Boca Juniors. Aunque la sede fue definida con anticipación, el contexto favoreció claramente al conjunto brasileño por la mayoría de público, el menor desgaste logístico, la presión ambiental y la ventaja cultural. Finalmente, Fluminense levantó el trofeo en su propia ciudad y ante su gente.
Las ventajas más discutidas en estos casos suelen ser la familiaridad con el estadio, el apoyo masivo del público, el menor desgaste de viaje, una mejor logística hotelera, la presión arbitral indirecta, el reparto desigual de entradas y el uso favorable de vestuarios y protocolos. Las federaciones normalmente argumentan que la sede fue elegida previamente, que el reglamento era conocido por todos y que la neutralidad es formal o administrativa. Sin embargo, los equipos perjudicados suelen sostener que “una final no puede ser neutral si uno juega prácticamente en casa”.
La gran polémica
En términos arbitrales, la polémica principal ocurrió en el minuto 36 del segundo tiempo, cuando el equipo de Eduardo Coudet ganaba 2 a 1. Un pase interno de Uvita Fernández para Belgrano fue interceptado dentro del área por Lautaro Rivero, jugador de River, con el brazo izquierdo. El árbitro Falcón Pérez dejó seguir la jugada pese a los reclamos de los futbolistas del conjunto cordobés. Sin embargo, luego de tres minutos de chequeo, el encargado del Árbitro Asistente de Video (VAR) convocó al árbitro a revisar la jugada.
Falcón Pérez permaneció aproximadamente un minuto y medio frente al monitor y finalmente sancionó penal. A través de los parlantes explicó que observó un movimiento sancionable del brazo hacia la pelota por parte del defensor de River. Fernández convirtió el penal y estableció el 2 a 2 para Belgrano, provocando que el partido terminara de inclinarse a favor del conjunto cordobés.
La repetición de la jugada mostró distintas interpretaciones. En varias tomas, Rivero tenía el brazo en una posición natural tras el pase de Uvita Fernández, con una distancia muy corta y el brazo pegado al cuerpo, elementos que favorecían la defensa del zaguero millonario. Sin embargo, otras cámaras que alteraban la visión de la jugada mostraban un desplazamiento del hombro hacia abajo cuando pasaba la pelota, generando que el brazo izquierdo interrumpiera la trayectoria del envío. Por eso, la acción terminó siendo considerada una jugada interpretativa. Dentro de los márgenes de una acción opinable, lo que volvió cobrable la mano fue precisamente ese movimiento hacia la pelota que realizó Rivero, según las imágenes revisadas. Ante esta situación, el hecho de jugarse en tierras cordobesas, pudo haber presionado y afectado la decisión del árbitro para cobrar el penal de Belgrano.
Posteriormente, el árbitro fue entrevistado y explicó que “primero no me pareció, vi que le pega en el brazo cuando lo estaba cerrando, pero cuando la veo en el VAR observó el movimiento adicional que hace bajando la mano, lo que provoca que sea sancionable”.
El componente histórico también alimentó el clima alrededor del partido. La rivalidad simbólica entre ambos clubes permanece marcada por la Promoción de 2011, cuando Belgrano provocó el histórico descenso de River. El recuerdo del gol de Guillermo Farré y aquella serie entre Córdoba y Buenos Aires volvió a instalarse en la previa de esta final.
Si bien los antecedentes muestran que ser local en los papeles no siempre asegura ganar el partido, la mayoría de las veces se gana al tener una cierta localía. Y esto se vio en la victoria de Belgrano a River. Ante estos casos de no imparcialidad, la situación amerita que la AFA piense, con detenimiento, en una final con sede neutral y federal, sacando de lado la posibilidad de generar mucho dinero con un estadio histórico que pueda terminar dándole una cierta localía a uno de los finalistas. El caso River contra Belgrano en Córdoba vuelve a instalar ese debate, especialmente porque la sede neutral coincide con la provincia del conjunto cordobés, generando un entorno claramente favorable para Belgrano más allá de la formalidad reglamentaria. Además, debería evitarse el uso de herramientas, como el VAR, en casos donde se subjetiviza la visión de las jugadas, como en el penal de Belgrano. Por último, podemos ver que el conjunto Millonario no puede quitarse esa espina, pendiente del 2011, de vencer al equipo cordobés en las tierras de este último.
