Por Flor Molina
En tiempos de fragmentación social, discursos individualistas y crisis de representación, la victoria de Lula en Brasil vuelve a poner en primer plano el valor de la organización popular y la construcción del pueblo como sujeto político, capaz de reconocerse en sus intereses comunes, defender sus derechos y disputar colectivamente el rumbo de la historia.
Cada vez que se analiza la crisis política, la mirada suele concentrarse en la dirigencia. Que faltan líderes, que no aparecen candidatos capaces de entusiasmar, que los partidos perdieron representatividad y las organizaciones sindicales no resuelven las demandas de lxs trabajadorxs. Todo eso esta en la discusión clásica de cualquier analista político. Pero ¿qué está pasando con el pueblo como sujeto político y con sus decisiones electorales?
Los dirigentes no salen de un repollo. Pueden surgir de las élites económicas o de las organizaciones del campo popular. Las primeras cuentan con dinero, medios, redes de influencia y capacidad para instalar sus intereses como si fueran los de toda la sociedad. Pero ¿de dónde surgen los dirigentes populares cuando se debilitan las organizaciones, se fragmentan las demandas y las experiencias individuales dejan de reconocerse como parte de un problema colectivo?
Podemos pensar en dos términos que muchas veces se usan como sinónimos pero que significan cosas muy distintas. Una cosa es la gente y otra, el pueblo. La gente puede ser una suma de individuos que comparten un territorio, consumen información y votan. Un pueblo, en cambio, se constituye como sujeto político cuando puede reconocer intereses comunes, organizar demandas y actuar colectivamente para defender derechos. Es una identidad que se construye mediante vínculos, experiencias, organizaciones y disputas.
El resultado de las elecciones presidenciales de Brasil, con la reelección de Luiz Inácio Lula da Silva, vuelve a poner esta discusión sobre la mesa. ¿Qué hizo posible que Lula Da Silva logrará imponerse en una contienda tan disputada? ¿Qué nos dice esa victoria sobre el liderazgo, la comunicación política y la capacidad de movilización de una sociedad? ¿Qué condiciones hacen posible que una mayoría social se constituya como una fuerza política capaz de intervenir en su propia historia?
Mucha política, ¿pero qué política?
La política está en la conversación cotidiana. En las redes sociales, en los grupos de WhatsApp, en las discusiones familiares y en los comentarios de cualquier noticia. Se habla de política todo el tiempo. Sin embargo, hablar de política no equivale necesariamente a comprenderla ni a participar de ella como práctica colectiva.
Con frecuencia, la discusión queda atrapada en la indignación inmediata, la simpatía o el rechazo hacia una figura, el gesto que se vuelve viral o la frase que provoca una reacción. Los algoritmos amplifican esa lógica ya que funcionan para captar la atención, despertar emociones y conseguir adhesiones rápidas. Los proyectos, sus consecuencias concretas y los intereses que representan quedan muchas veces en segundo plano.
No se trata de exigir credenciales para opinar ni de suponer que solo quienes tienen formación política pueden intervenir en los asuntos públicos. Se trata de preguntarse qué contenido tiene hoy esa conversación y qué capacidad conserva para relacionar los problemas cotidianos con sus causas económicas, sociales e históricas.
La elección brasileña agrega otra pregunta ¿cómo se construye una mayoría política en una época en la que buena parte de la conversación pública está mediada por plataformas digitales, los vínculos sociales se fragmentan y las identidades políticas tradicionales ya no alcanzan, por sí solas, para convocar a todos los sectores que alguna vez representaron?
Del trabajador orgulloso de aguantar al ciudadano sin derechos
Un ejemplo permite ver esta contradicción con claridad. Un joven que trabaja doce horas por día haciendo viajes para una aplicación cuenta, orgulloso, que trabaja doce horas y llega. Llega a comer, a cubrir los gastos y a terminar el mes. Pero esa frase no dice nada sobre la posibilidad de proyectar una vida, ahorrar, comprarse un auto, viajar o construir un futuro. Mucho menos sobre las condiciones en las que trabaja.
Lo llamativo no es solamente la precariedad, sino que esa precariedad pueda presentarse como motivo de orgullo sin que aparezcan preguntas elementales: ¿qué pasa si tiene un accidente y no puede trabajar?, ¿quién lo protege?, ¿qué derechos tiene?, ¿qué ocurre si enferma o deja de generar ingresos? El esfuerzo individual se vuelve motivo de celebración, mientras las condiciones que lo obligan a sostener jornadas interminables quedan fuera de discusión.
A comienzos del siglo XX, muchos trabajadores tenían escasa o nula educación formal y, sin embargo, podían reconocer la injusticia de sus condiciones laborales, organizarse y luchar por derechos. Aquí podemos advertir una diferencia clara, la experiencia del trabajo podía transformarse en conciencia colectiva y acción organizada.
Hoy, en cambio, parte de quienes trabajan en condiciones precarias interpreta su situación principalmente como una prueba de voluntad y capacidad individual. ¿Qué ocurrió con la posibilidad de reconocer que un problema compartido puede tener causas comunes y requerir una respuesta colectiva?
Zygmunt Bauman ayuda a pensar la fragilidad de los vínculos en sociedades donde las relaciones y las certezas se vuelven cada vez más inestables. Byung-Chul Han, por su parte, analiza cómo el individuo termina convertido en empresario de sí mismo que se exige, se responsabiliza por cada resultado y puede llegar a interpretar como fracaso personal aquello que también responde a condiciones estructurales.
Ninguna de estas perspectivas explica por sí sola la realidad, pero ambas permiten formular una pregunta relevante: ¿Cuánto de lo que antes se discutía como un problema social hoy se vive como una responsabilidad exclusivamente individual?
Elegir también es asumir una responsabilidad
El problema no puede explicarse simplemente diciendo que la gente está engañada o que no sabe lo que vota. La dirigencia tiene una responsabilidad enorme, especialmente por los recursos y el poder con que cuenta para influir sobre la sociedad. Pero comprender esa desigualdad no significa quitarle responsabilidad al electorado.
Las derechas contemporáneas han conseguido construir discursos que presentan el ajuste, la reducción del Estado y la revisión de derechos sociales como condiciones necesarias para superar las crisis. Javier Milei en Argentina, Donald Trump en Estados Unidos y el bolsonarismo en Brasil promueven proyectos que cuestionan distintas funciones del Estado y proponen otras formas de organizar la economía y la sociedad.
Aun así, reciben apoyo de sectores que pueden verse perjudicados por determinadas políticas. No todos los votantes tienen las mismas razones ni interpretan sus intereses de la misma manera. Algunos priorizan el rechazo a una fuerza política; otros esperan beneficios futuros o consideran que el sacrificio será transitorio. Precisamente por eso, la pregunta no debería resolverse con una explicación única.
¿Por qué alguien puede apoyar un proyecto que amenaza condiciones materiales que necesita? ¿Qué entiende por interés propio? ¿Qué otros valores pone por encima de sus derechos económicos o sociales? ¿Qué expectativas deposita en ese proyecto y qué está dispuesto a aceptar en su nombre?
Antonio Gramsci permite pensar estas contradicciones a través de la hegemonía. El poder no se sostiene únicamente por la fuerza o por el control de los recursos, sino también por la capacidad de convertir determinadas ideas en sentido común. Cuando una sociedad empieza a interpretar la desigualdad como mérito, la precariedad como libertad y la protección social como un privilegio injustificado, no alcanza con señalar que esas ideas perjudican a determinados sectores. Hay que comprender cómo llegaron a parecer razonables.
Pero comprender no es justificar. En democracia, los ciudadanos eligen, legitiman, exigen o toleran determinadas políticas. La responsabilidad de quienes gobiernan y de quienes votan no es idéntica, porque tampoco lo son su poder ni sus recursos. Sin embargo, ninguna discusión sobre la crisis política puede dar por inexistente la responsabilidad social en las decisiones electorales.
Los liderazgos, las organizaciones y la construcción de un pueblo
Hay una cuestión que el triunfo de Lula también invita a examinar qué es la relación entre los liderazgos políticos y las organizaciones que los sostienen.
Hace años vengo señalando un paralelismo entre Brasil y Argentina a partir de las figuras de Lula y Cristina Fernández de Kirchner. Mientras el PT nunca puso en discusión el liderazgo de Lula; en el peronismo el liderazgo de Cristina estuvo atravesado por disputas internas, cuestionamientos y dificultades para construir una posición compartida dentro del propio movimiento.
Es más sencillo nuclear alrededor de una figura reconocible, con una trayectoria y una identidad política definidas, que construir una estrategia cuando la propia organización discute permanentemente quién debe conducirla y en qué dirección. Esto no significa que un liderazgo fuerte resuelva todos los problemas ni que deba quedar exento de discusión. Significa que la representación política necesita algún grado de reconocimiento compartido y una organización capaz de convertirlo en acción.
Lula como candidato, su trayectoria, su experiencia de gobierno y su identidad política estaban a la vista. La cuestión era cómo traducir esas condiciones en una mayoría electoral, cómo volver a convocar a quienes podían reconocerse en su propuesta y cómo construir las condiciones para que esa convocatoria se expresara en las urnas.
El pueblo no aparece por generación espontánea ni se lo invoca en un discurso. Se constituye mediante prácticas concretas, cuando las voluntades individuales encuentran formas de reconocerse, articularse y actuar en común.
La política también se disputa en los símbolos
La campaña brasileña dejó, además, una enseñanza sobre las transformaciones de la comunicación política.
Se habló mucho de la adaptación de Lula a los formatos digitales, de los videos en primera persona, de las selfies verticales que debieron enseñarle y de las estrategias para disputar la atención en las plataformas. Un dirigente de 80 años tuvo que incorporar lenguajes y recursos propios de una comunicación que cambió profundamente durante su trayectoria política.
La campaña combinó la comunicación digital con las caravanas, los actos, la circulación de símbolos y la participación de artistas locales e internacionales de la talla de Madonna, militantes y ciudadanos jóvenes y muy mayores que contribuyeron a sostener y amplificar el mensaje electoral.
Las remeras rojas, las imágenes compartidas y las expresiones públicas de apoyo permitieron reconocer una identidad, expresar una pertenencia y hacer visible que una causa no es exclusivamente individual. Allí donde una persona podría sentirse aislada, una imagen compartida puede recordarle que hay otras que participan de una misma experiencia política.
No todos tienen el mismo poder
No dispone de los mismos recursos un dirigente territorial que intenta organizar a su comunidad que un candidato respaldado por grandes grupos económicos, estructuras mediáticas, intereses transnacionales y plataformas capaces de condicionar la circulación de información.
Las élites cuentan con herramientas para instalar su visión del mundo y presentar sus intereses particulares como necesidades generales. El campo popular, en cambio, necesita construir organización, vínculos y acuerdos para disputar ese sentido común. Cuando esas estructuras se debilitan, la competencia no ocurre entre actores con capacidades equivalentes.
La campaña de Lula denunció ante la Justicia electoral restricciones en la distribución de sus publicaciones y posibles ventajas algorítmicas para Flávio Bolsonaro. El Tribunal Superior Electoral intervino y exigió garantías de trato igualitario, mientras Meta atribuyó los episodios a problemas técnicos y negó favorecer a un candidato.
¿Es posible elegir libremente cuando una empresa privada de enorme alcance tiene la capacidad para condicionar la información que circula, la llegada de los mensajes y, potencialmente, las condiciones mismas de la disputa electoral? Ya no se trata solamente de quién tiene más dinero o mejores candidatos, sino de quién controla una parte decisiva del espacio donde se forma la opinión pública.
Asi que la disputa por los algoritmos también importó. Sin embargo, ninguna estrategia digital reemplaza por sí sola los vínculos sociales, la militancia o la organización. La tecnología puede ampliar una convocatoria y para que esa convocatoria adquiera una dimensión política, necesita articularse con algo más.
El cambio de estrategia en la comunicación digital fue clave pero no fué el único motivo que condujo al PT a la victoria. La campaña permite observar la relación entre un liderazgo, una identidad política, una organización y una multiplicidad de voluntades que encontraron formas de intervenir.
La última lección de una generación
Muchas personas mayores pese a sus dificultades fueron a votar por Lula. ¿Qué lleva a alguien a realizar semejante esfuerzo para participar de una elección. ¿Qué espera defender? ¿Qué teme perder? ¿Qué significado le atribuye a ese voto?
Lula pertenece a una generación formada en las grandes disputas políticas y sociales del siglo XX. Su trayectoria remite a un tiempo en el que la organización sindical, la militancia y los proyectos colectivos ofrecían formas de interpretar la realidad y de imaginar su transformación.
El triunfo de Lula excede las fronteras brasileñas. Se inscribe en una discusión regional sobre los derechos sociales, la soberanía económica, los recursos estratégicos y la integración latinoamericana.
¿Se puede despertar a un pueblo?
No hay respuestas sencillas. Tampoco alcanza con apelar a una identidad popular del pasado como si pudiera recuperarse intacta. Un pueblo no existe solo porque se lo nombre, ni una mayoría social se convierte automáticamente en una fuerza política. Hace falta organización, participación, representación y una experiencia concreta de que la acción colectiva puede modificar las condiciones de vida.
La pregunta, entonces, no es solamente si faltan dirigentes capaces de representar a las mayorías. También es en qué condiciones permitirían que esas mayorías vuelvan a constituirse como sujeto político.
¿Cómo se reconstruyen los lazos colectivos cuando la supervivencia cotidiana absorbe las energías, el trabajo se vive como una carrera individual y las organizaciones pierden capacidad de convocatoria? ¿Cómo se convierte el malestar disperso en una demanda común? ¿Cómo se disputa un sentido común que presenta los derechos como obstáculos y el sacrificio individual como única salida?
El triunfo de Lula no demuestra que todas esas condiciones estén resueltas. Brasil sigue siendo una sociedad atravesada por profundas diferencias políticas y sociales. Una elección no elimina esas contradicciones ni garantiza que las organizaciones populares puedan sostener su capacidad de representación en el tiempo. Pero el resultado sí permite recuperar una pregunta que la lógica de la impotencia suele clausurar ¿y si las cosas pueden cambiar?
Leí una frase en instagram: “Cuando perdés la esperanza, dejás de luchar. Y cuando dejás de luchar, el enemigo ya ganó”.
En las imágenes de las caravanas, en las personas que se movilizaron desde lugares remotos para defender una candidatura, en quienes pusieron sus conocimientos y su tiempo al servicio de la campaña y en quienes hicieron un esfuerzo extraordinario para llegar a votar, hay algo que habla que la acción de cada persona puede adquirir otro significado cuando forma parte de una construcción colectiva.
Brasil nos devolvió la fé y la certeza de que es posible ganar cuando luchamos, nos organizamos y defendemos colectivamente todo lo que la democracia representa. Nos recordó que no es la primera vez que ganamos. Se puede virar, se puede dar vuelta lo que parecía imposible, torcer los pronósticos y abrir caminos allí donde solo veían derrotas.
Esta victoria, que despierta vivencias compartidas en pasajes que sólo el realismo mágico puede contar, nos ayude a recuperar la capacidad de ir al encuentro de nuestros dirigentes y acompañarlos. Que nos recuerde que podemos intervenir en los procesos históricos, que no estamos condenados a ser espectadores de lo que otros deciden y que la organización sigue siendo una herramienta fundamental para transformar la realidad.
