LA MODA SIEMPRE FUE POLÍTICA y cómo identificar estos discursos

Por Melanie Morel

Entras a redes y una influencer haciéndose un skincare te cuenta por qué debes ser «Clean look», sigues y ves a personas reseñando ropa de Shein, cambias a un portal de noticias y ves que el color del año según pantone es blanco. Nada de esto es casualidad.

 ¿Pero qué significa todo esto?

Cuando se dice que la moda es política hace referencia a que todo consumo desde lo que escuchas en el podcast de turno, la película que ves por streaming o algo aún más vital en tu día a día, lo que usas es político. Todo lo hacemos, decimos y vivimos está influenciado por nuestro entorno, cultura y contexto histórico siendo así que la vestimenta a lo largo de los siglos fue el reflejo de la realidad que transitamos como sociedad.

La idea de que la ropa puede ser usada, como dijo Donatella Versace, como un arma cuando sea necesaria o que incluso se pueden leer procesos políticos en la ropa, como en cualquier otra forma de arte, tal cual señaló Diana Vreeland, es una realidad que hoy difícilmente pueda ser cuestionada. Nos guste o no, en un mundo hipervisual, la imagen importa.  Y en política, donde la necesidad de comunicar y transmitir mensajes con claridad es central, el poder de la imagen no se puede subestimar como recurso de comunicación estratégica. Todo el tiempo estamos brindando información acerca de quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos.

La moda es política en tanto constituye una práctica social atravesada por relaciones de poder, producción y representación. No se trata únicamente de vestimenta, sino de un sistema simbólico que comunica pertenencias, identidades y posicionamientos ideológicos.define normas de lo “aceptable”, construye ideales corporales y delimita formas legítimas de presentación. En este sentido, funciona como un mecanismo que reproduce o cuestiona jerarquías sociales.

Desde la teoría del labial, o la invención del delineador, todo lo que usamos tiene un propósito y comunica algo según como, cuando y donde se use.  Ya sea madres usando pañuelos en la cabeza para representar los pañales de sus hijos desaparecidos en la dictadura a estilos y comunidades contraculturales como los hippies, punks, dandies y muchas más que salen de la lucha contra la hegemonía, el poder, injusticias y problemáticas que nos has rodeado desde el principio de la civilización.

No es casual que ciertas estéticas generen rechazo o incomodidad: están cuestionando normas. Pensalo así: lo que se considera “correcto” o “presentable” no es natural, es una construcción social que refleja relaciones de poder.

Entonces, ¿qué entendemos por tendencias de moda?

Una tendencia de moda puede definirse como la anticipación del consumo de un determinado concepto, estilo o producto por parte de un grupo amplio de personas, generalmente dentro de un período acotado.

Se trata, en este sentido, de la proyección de ciertos elementos (colores predominantes, siluetas, tejidos, texturas o estampados) que adquieren mayor visibilidad y circulación en una temporada específica (como verano o invierno) o, en algunos casos, a lo largo de varios ciclos consecutivos.

¿Pero qué tienen en común los hashtag de Trad Wife, mujer republicana, clean look o más beige mom? Que cada uno de esos estilos forma parte del «uniforme de la derecha”

La moda es semiótica, afirma Umberto Eco, y cuando estar en tendencia te da capital simbólico comienzas a pertenecer a la hegemonía. Aunque la relación de la moda y la política siempre está atravesada por las sombras de la hoguera de las vanidades, y por las polémicas y controversias, su potencial comunicativo cada vez es más aprovechado por los políticos y sus asesores. Podemos ver esto reflejado en varios contextos históricos, véase a la realeza con el color morado, la gran renuncia masculina, las camisas negras de Mussolini, las mujeres trabajadoras en la guerra o el icónico vestido de la venganza.

La estética no tiene nada de inocente,  la indumentaria y la imagen quedan enmarcadas en el lenguaje no verbal del político, e igual que su mensaje, también tienen la capacidad de generar la aceptación o el rechazo por parte del público. 

En este marco, puede leerse la pregunta por ciertos hashtags contemporáneos “Trad Wife”, “mujer republicana”, “clean look” o “beige mom” como configuraciones estéticas que comparten un mismo horizonte simbólico. Estos estilos tienden a privilegiar la sobriedad, la domesticidad, la feminidad tradicional y la neutralidad visual (colores claros, formas simples, ausencia de estridencia), lo cual no es meramente estético, sino ideológico creando en pleno 2026 conceptos como “la mujer de alto valor”, operan como un “uniforme” en sentido sociológico: condensan y hacen visible un conjunto de valores asociados a posiciones conservadoras, tales como la reivindicación de roles de género tradicionales, el orden, la estabilidad y cierta idealización de la vida doméstica. A través de estas estéticas, se construye una identidad coherente y reconocible que refuerza una visión específica del mundo.

Estos códigos se filtran desde lo más bajo, a través de las redes sociales, donde memes, colores y combinaciones se vuelven rasgos recurrentes, hasta las pasarelas y apariciones públicas, camuflando mensajes detrás de lo que parece una simple decisión estética. 

La estética de ultraderecha no se limita a la ropa. También circulan tendencias, como el llamado Trad Wife (traducido al criollo Esposa tradicional) donde te venden como estética la dependencia masculina, la renuncia a décadas de avance feminista y reducir a la mujer a otro electrodoméstico mas que encuentras en la casa, donde admiran un estilo de vida conservador y del lujo ostentoso estadounidense.

En este entramado, lo visual deviene político y la moda deja de ser una elección privada para constituirse como un dispositivo de enunciación: un vehículo (a veces silencioso, otras abiertamente performativo) de valores, jerarquías y narrativas que buscan redefinir lo legítimo, lo deseable y aquello que puede ser reconocido como “normal” en el espacio público. Leer estos códigos implica ir más allá de la superficie, desarticulando cada decisión estética (desde un sombrero hasta la arquitectura de un traje) como parte de un sistema de significación que articula prácticas culturales, identidades e instituciones, operando como mediación entre los sujetos y los órdenes de poder que los configuran.

¿Cómo identificamos ideologías políticas en la vestimenta?

Identificarlas no es tan inmediato como “ver una prenda y leer una ideología”, pero tampoco es algo invisible: se trata de reconocer patrones. La moda funciona como un sistema de signos, y las ideologías aparecen cuando estos signos se repiten, se estabilizan y se asocian a ciertos valores.

Primero, hay que observar la estética dominante: colores, cortes, materiales, nivel de sobriedad o exhibición. Ninguna de esas elecciones es inocente. Por ejemplo, paletas neutras, formas clásicas y ausencia de estridencia suelen vincularse con valores como orden, tradición o estabilidad; mientras que lo disruptivo o experimental tiende a asociarse con cuestionamiento o ruptura.

Segundo, el cuerpo que esa moda imagina. ¿Qué tipo de cuerpo es el “correcto” para esa tendencia? ¿Qué queda excluido? Ahí aparecen ideales normativos que muchas veces reflejan posiciones ideológicas sobre género, clase o incluso moralidad.

Tercero, el contexto discursivo. Las tendencias no circulan solas: están acompañadas por hashtags, influencers, marcas y narrativas. Conceptos como “clean look”, “trad wife” o “beige mom” no son solo etiquetas estéticas, sino marcos de sentido que organizan cómo se interpreta esa imagen.

Cuarto, la relación con el consumo y la producción. No es lo mismo una estética ligada al lujo, la exclusividad o la herencia, que otra vinculada a lo accesible, lo reciclado o lo DIY. Ahí también hay una posición sobre el mundo.

Y, finalmente, lo más importante: la repetición. Una ideología en la moda no aparece en un outfit aislado, sino en la reiteración de códigos que terminan formando algo reconocible, casi un “uniforme”. Cuando distintas elecciones estéticas empiezan a apuntar en la misma dirección simbólica, lo que se está configurando ya no es solo estilo, sino una forma de ver y ordenar la realidad.

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