Si no hay pan, que haya fierros

Por Roma Faliani

El Road Show de Franco Colapinto fue la demostración empírica de algo que está acechando desde el 18 de diciembre de 2022: el patriotismo barato como tendencia, la argentinidad como accesorio y el disfrute como algo artificial.

El domingo 26 de abril fue el Franco Colapinto Road Show, un espectáculo en donde el piloto de Fórmula 1 piloteaba un monoplaza de la mayor competencia por las calles de Palermo, en la Ciudad de Buenos Aires. El evento, que contó con unos 600.000 espectadores, fue una de las manifestaciones populares más evidentes en el último tiempo, con un orgullo marcado hacia Colapinto, piloto aclamado por su pueblo, y por las marcas que tanto lo apoyan en su aventura en la Fórmula 1. Hasta acá, no hay ningún problema. 

¿Una aglomeración de gente apoyando a un deportista nacional que quiere traer un poco de la experiencia automovilística a su nación, histórica en la materia, con incluso guiños hacia la historia del deporte, como el mismo Colapinto pilotando el famoso auto del 5 veces campeón mundial de Fórmula 1, Juan Manuel Fangio?

Suena como algo extremadamente popular, hasta que se analiza en profundidad y se encuentran ciertas discordancias, como que en un acto público en las calles de Buenos Aires se tenga que pagar entrada, ya que a una megacorporación (acompañada del gobierno de la Ciudad) se le ocurre hacer un circuito para una exhibición de un deportista nacional. O que haya tanto vitoreo por un deportista que, en el nivel de la máxima competencia, deja mucho que desear. Y ojo, decir que Colapinto en la Fórmula 1 se queda corto no es decir que es mal piloto, ya que por algo está entre los 22 más prestigiosos de la competición, pero también es cierto que aún no consiguió resultados. Este año, por ejemplo, su mayor logro ha sido ganar un punto en el Gran Premio de China, y acá lo recibimos de maneras que no recibíamos a otros deportistas históricos que realmente han ganado cosas. El mismo hijo de Fangio dijo que a Colapinto lo recibieron como nunca habían recibido a su padre, y obviamente, las épocas son diferentes, los consumos están más arraigados a la globalización, pero sigue siendo destacable que haya tanto circo por alguien que no rinde.

El “fenómeno Colapinto”, como se ha denominado en los medios de comunicación, es inexplicable porque parece que solamente lo entiende quien es pasional en el mundo de las carreras, pero dentro del mismo automovilismo hay un sentimiento de “luna de miel” con Franco que se ha estado disipando, y ha abierto la posibilidad a mayores críticas.

Entonces, ¿cómo se explican las 600.000 personas apoyando a Colapinto? Bueno, una posible respuesta es que todo esto es un acto de patriotismo barato. Es la comercialización del “ser argentino” en su totalidad, con un pueblo que, aunque en la superficie pareciera estar manifestándose desde la alegría y el orgullo, lo hace porque es lo que está de moda ahora. 

El tema del momento, el miedo de quedarte afuera de la novedad es lo que hace que 600.000 personas decidan arbitrariamente ir a ver a Colapinto. No importa si su desempeño es incomparable con la expectativa que genera; lo que importa es que es argentino, y Argentina es el mejor país del mundo porque somos campeones del mundo, y porque las Malvinas son argentinas y porque Pato Sardelli tocó el himno con una guitarra eléctrica, porque viva el rock nacional, pero no me preguntes a quién voté en 2023. 

Y obviamente, la historia está ahí para analizarla, y no sería arriesgado decir que este acto de Colapinto es una inyección de patriotismo barato en frente de un contexto social y económico deplorable. Digo, no es el primer rodeo de la derecha más rancia, y ya tenemos la Guerra de Malvinas como gran ejemplo, pero me gustaría ir inclusive más allá, y plantear algo que no he visto a nadie decir. Algo que permea en la identidad del argentino.

Hasta hace unos años, cuando decías «espectáculo nacional de masiva conglomeración en el que hay bandas de rock, artistas, deportistas, banderas del país en cuestión y hasta marcas de sponsor en el epicentro de una ciudad», te imaginabas que podía ser en Nueva York por la idea de que en Estados Unidos todo es un espectáculo. 

Pero justamente, para la gente fuera de Estados Unidos, estos espectáculos están marcados por la artificialidad, y porque los “gringos” fingen divertirse, gracias a que están traumados por las consecuencias de las acciones de sus propios gobiernos, sea el panorama social post-11 de septiembre, o ahora, post-archivos de Epstein. El problema es que, en la búsqueda de ser como la nación norteamericana, y en la entrega absoluta de identidad y de idiosincrasia, el argentino ha norteamericanizado su identidad, y las manifestaciones populares como consecuencia de una globalización cada día más evidente.

Entonces, aunque tu amigo rockero te quiera jurar por Dios (es creyente porque vio un reel de Dante Gebel) que Pato Sardelli tocando la guitarra eléctrica es superior moralmente a L-Gante haciendo una versión RKT del himno, son exactamente lo mismo: un acto absolutamente “grasa” que nada tiene que ver con la cultura del país, y que está acompañado de una artificialidad evidente. Es nuestra versión de los jets de combate antes de un partido de fútbol americano, o la bandera de los Estados Unidos en cada una de las películas de Hollywood. ¿Por qué está siendo relevante esto? Porque en este país la artificialidad está a la orden del día. 

Por ello, una serie de Mafalda, histórica tira de Quino cargada de un humor político antiburgués, está hecha por Campanella, el mismo sujeto burgués. Por ello, justamente, hay un sector del movimiento peronista dirigido por burgueses, un Congreso de la Nación poblado de “cipayos” y un patriotismo “Nac & Pop” que solo vive en stickers para el termo o remeras que podrían vender en Bershka. Fingimos demencia y pretendemos que tenemos la argentinidad al palo, cuando caemos en la moda de turno de desprestigiar nuestra cultura.

¿Qué es lo que puede ofrecer Argentina al mundo? La educación está experimentando una caída libre, junto a la ciencia y a la economía. La política está en una situación crítica, donde la falta de representatividad es más que evidente. La música mainstream no tiene identidad ni sonido característico, gracias a una industria que calla y otorga, y un público que no se atreve a escapar del Top 50 de Spotify sea para escucharlo o criticarlo.

Lo único que tenemos para defender nuestra nación es fingir que la defendemos, porque la vendemos al peor postor si significa que no nos quedamos afuera de una tendencia. Colapinto es un piloto que todavía no dio resultados, pero lo endiosamos y tratamos como campeón del mundo porque es argentino y buscamos repetir el efecto de la última. manifestación colectiva nacida del sentimiento orgánico y no del sentido de pertenencia artificial que nos impone el algoritmo: o sea, el 18 de diciembre de 2022. Por eso es que en la propaganda de YPF al lado de Messi y De Paul está Colapinto. No porque sus logros sean comparables entre sí, no porque su desempeño sea igual, sino porque es argentino, y punto.

Pero bueno, decir estas cosas es ponerte mucha gente en tu contra. Después de todo, no querrías que alguien piense que no sos tan argentino, ¿verdad?

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