“¿Se les va a caer la mano si ponen las cosas en su lugar?”
Amo esa frase. Porque siempre viene seguida de una caricia.
“Compré este perchero justamente para eso, y ustedes lo ignoran al pobre.”
Nadie me ignora. Me usan todo el tiempo. Ese es exactamente el problema.
Todos los días, hace años literalmente, mi día no empieza antes de ese mimo. Aunque sé lo
que viene después.
Siempre viene algo, una campera, un trapo, una mochila. Y yo me quedo ciego, escuchando
lo que no puedo ver, los pasos, las voces, el televisor. Todo un mundo que me pertenece y
del que quedo afuera.
No me siento un infeliz. Mi vida mejoró después de que me trajeron acá. Ventanas grandes,
buena altura, ángulo perfecto hacia la puerta.
Veo todo el que llega, todo el que se va. Eso es lo que soy: un par de ojos parado en el
rincón. Sin vista, no soy nada. Soy un palo.
Ese día me tiraron encima uno de los trapos sudados de los chicos. Sin que nadie me viera,
lo sacudí hasta que cayó. El tiempo sin vista es distinto, más largo, más pesado. Cuando
recuperé el living, respiré.
Bueno, no respiro. Pero algo así.
“¡Te juro que lo acomodé!”, dijo. “¡Cuidado, que Dios castiga!”, respondió ella. “¡Pero te
juro!”
Me quedé callado y observé. Eso es lo único que puedo hacer, pero me gusta.
No tardó mucho en volver a pasar. Esta vez una campera, de adulto, pesada. La sacudí.
Cayó.
“¡Esta cosa tiene algún problema! Parece que se cayó sola”, “Sí, sí, el perchero siempre es
el culpable.”
“¡Yo puse la campera ahí!”, insistió él. “Ya veo”, completó, mirando el piso, donde la
campera estaba tirada.
El perchero siempre es el culpable. No saben cuánto.
La señora cree que nadie me usa. Yo sé que todos me usan. La diferencia es que yo me
encargo de que no dure mucho. Es un trabajo silencioso, sin reconocimiento, como todos
los trabajos importantes.
Hasta ahora, porque, después que el tipo ganó la herencia de la tía, casi no puedo ver lo
que pasa en la casa. Siempre estoy cubierto por una campera de cuero, un sombrero cheto
o algo así, que no había antes. Cosas caras, cosas exclusivas. Cosas que no puedo
sacudir.
Ya no veo nada.
Imagen: Silencios del Campo de Lara Isabel González Arias.
Texto producido en el Taller de Verano del LITIN.
