La carga, de Miriam Vanesa Paredes

Sentía la transpiración corriéndome por la zanja, mezclándose con el olor a pata, a chivo y
al agua podrida del arroyo. El aire vibraba por el murmullo de la gente que se amontonaba
en el muelle improvisado. Parecíamos ganado, buscando un hueco en alguna lancha para
cruzar antes de que alguien decidiera ponerse la gorra.


Juan tenía esa habilidad de hablar sin mover ni siquiera un dedo, siempre con un pucho en
la trompa. Lo vi moverse entre la multitud, estrechando manos y recibiendo papelitos
arrugados que desaparecían en sus bolsillos con una velocidad envidiable. El flaco vendía
la seguridad de que todo llegaría intacto; todo eso después de que se ganó la confianza de
los de arriba y nos bajó la orden de cruzar.


—¡Apurate, tarado! ¡Claudio ya está en la lancha! —me susurró al pasar, sin mirarme.
Moví la cabeza, estiré el cogote, revolié los ojos y lo encontré peleándose con el motor fuera
de borda.


Le tocó estar de timonel. Pedro estaba agachado junto a los bultos, tratando de cubrir todo
con una lona azul que, al tacto, pelaba. Nuestra especialidad eran productos diminutos,
aromas de alta gama, de esos que ahora todos fumaban queriendo hacerse los sultanes…
cosas que ocupan poco y valen mucho.


—¡Suban de una vez! El agua está bajando y nos vamos a quedar varados en esta mierda.
¡Carajo, muévanse! —gritó Claudio, logrando que el motor tosiera una nube de humo negro.
Finalmente, Juan saltó a bordo cuando ya estábamos desatando las amarras. La lancha se
hundió unos centímetros peligrosos en el agua turbia del arroyo, pero el negocio no
entendía de límites de carga.
—¿Llevamos eso especial? —preguntó Pedro, señalando un rincón.
—Sí —respondió Juan, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.
—Menos espacio, más cash: esa es la cuenta que nos va a sacar de pobres este verano
—se escuchó entre los muchachos.


No era ancho, pero en pleno verano las corrientes eran traicioneras y el fondo estaba lleno
de ramas y chatarra. Claudio maniobraba con una precisión milimétrica, evitando los
remolinos. Yo vigilaba la orilla opuesta, buscando algún movimiento sospechoso.
A mitad del trayecto, el motor hizo un ruido seco, un clac, y se nos paró el corazón.


—¡La que lo parió! —gritó Claudio, tirando de la soga de arranque con bronca.

La lancha empezó a girar lentamente, sin control y con fuerza. ¡El julepe que me pegué! Por
primera vez en años vi dudar a Juan.


—Si nos quedamos acá, somos boleta —dijo Pedro, agarrando un remo de madera
podrida—. Hay que ayudar al motor.


Me puse junto a él. Hundí el remo en el agua pesada, sintiendo la resistencia del fondo. El
reflejo en el agua sucia nos quemaba la vista; era como mirar directamente a un horno
encendido. Mis músculos gritaban, pero no podíamos parar. Si la mercadería se perdía o si
nos agarraban, Juan no sería el único en problemas: Claudio y yo éramos responsables de
que todo funcionara.


Fue en ese momento, cuando el esfuerzo parecía al pedo, que entendí que la ambición
tiene un peso que no se mide en kilos.


Logramos que el motor arrancara de nuevo, con un quejido agónico. La lancha dio un salto
y enfilamos hacia el cañaveral donde debíamos descargar. La adrenalina nos dio la fuerza
para bajar los bultos en tiempo récord. Juan saltó primero, asegurando el perímetro. Claudio
y yo pasábamos los bultos como una cadena humana, con el barro que nos llegaba hasta
las bolas.


Nos quedamos en silencio un rato, escuchando el ruido de la selva. Juan abrió la caja, pero
sus ojos se abrieron gigantescamente: no había cash, solo piedras envueltas.
Me senté en un tronco, agotado, con la presión por las nubes y con una bronca enorme,
mirando a mis compas.

Ilustración: Luciana López Morales.

Texto producido en el Taller de Verano del LITIN.

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